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Full text of "Cuentos"

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WIDENER 

HN JP77 C 




^AL /"é JÍ'A^ 



^ 



?^arfaarli €:allegr Hífiraru 




FROM THE FUND 



PRÜFESSORSHIP OF 

LATIN-AM FRICAN HISTORY AND 

ECONOMICS 



ESTABLISHED I913 




IOb* 




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o 
I 



Arturo Giménez Pastor 



^ '" 



CUENTOS 




Segunda Edición 



MONTEVIDEO 



1899 



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HARVARD COLLEGE LIBRARY 
DEC 24 1915 

LATIN-AMERICAN 
PROFESSORSHIP FUÑO. 



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CUENTOS 



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« ' < ■ / M 






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^9^T*^ /Ti'TO/nvmTní» 



v/í Cdrhs J. Cantera 



Stradini fué quizá el ünico que no despegó sus labios 
en medio del estrépito de aquel desembarco infernal, al 
echar el vapor a tierra toda la compañía, revueltos los in- 
mensos biules, los hombres sin afeitarse, las mujeres pá- 
lidas, insignificantes, descoloridas a la radiante luz de 
una grandiosa mañana otoñal que les deslumhraba los 
ojos, debilitados ya por la luz abrasadora de la batería. 

¡I qué ruido metían todas! Allá andaba desolada la Le- 
ordi, la prima donna, despeinados i lacios los rubios pe- 
los, revolviendo en los párpados sin pestañas, abrasados, 
aquellos ojos celestes que ahora, fuera del. teatro, eran, 
con el perfil correcto, los últimos restos de su antigua 
belleza. Se le había cstraviado el perrito, su más grande 
afecto, i no se avenía a marcharse sin él. 
. — Ma. . . dov^é Íl mió Pirricchio? Pirricchio! Pirricchioí., 

La Passani, toda envuelta en pieles, llenas las , manos 



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A. GIMÉNEZ PASTOR 



de bolsas i paquetes, acosaba a un camarero para que le 
trajese su maleta, olvidada en el cártaffote. 

El bajo, un jigant : de grandes bigotazos retorcidos, 
arrastrando tras de sí a la segunda contralto, se inclina- 
ba sobre la borda para tratar a gritos, que salían de su 
enorme pecho sonoros como campanazos, el precio de 
la conducción hasti el muelle; i de abajo se elevaba el 
ensordecedor vocerío de los boteros que pedían cada nno 
para sí un poco de aquel montón de jentes i baúles que 
se movía allá arriba, ajitándose en la confusa batahola del 
desembarco. 

Contrastando con esto, los coros, agrupados cerca del 
portalón, pasivos, indiferentes, como ovejas tímidas, es- 
peraban el turno para ser llevados de allí. 

En tanto, Stradini, mos trándose por primera vez fas- 
tidiado de todo aquello, miraba allá, a la ciudad inun- 
dada de sol, esparciendo sobre ella una mirada inmensa, 
ansiosa,húmeda, llena de saludes silenciosos, recibiendo 
en la . cara pálida un mundo de recuerdos con aquella bri- 
sa de tierra que le echaba atrás el cabello, descubriéndole 
la frente como para depositar en ella el beso de bienveni- 
da, la primer caricia que le traía entre arrullos el aura dul- 
ce del suelo natal. 

Estuvo mucho tiempo así, bebiiendo ansioso en la bri- 
sa los recuerdos viejos, estremecido todo a su contacto: 
entre tanto el desembarco iba a concluir. 

— E tu resti? le dijo entonces con su voz dulce i melan- 
cólica Falerni. 

— ¡Ah! ¿Es ya tiempo? Andiamo^contestó apoyándo- 
se en el hombro del joven barítono como cansado de gus- 



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„IL CUÜRE" 



tar aquel placer doloroso que le hacía vibrar el alma como 
una cuerda herida por mano ruda. 

Bajaron él i Falcrni al bote; aquel joven barítono de 
pequeña barba rubia, de voz suave i melancólica, era el 
único amigo que hallara entre aquella multitud de jcntes 
a que el destino le había unido; era el único a quien en- 
contraba todavía hombre de sentimientos fuera del esce- 
nario, aún despojado de los que los autores prestan por 
una noche a esos seres n qu ienes el arte impone la necesi- 
dad de no tener alma propia a fuerza de albergar tantas 
ajenas. 

Herido para siempre por un amor desgraciado, el pobre 
Falerni era ya todo él un corazón dolorido, porque aque- 
lla sensación de tristeza que esperimentara con tanta in- 
tensidad se había esparcido por todo su ser, llenándolo 
con su bruma, que apagaba destellos i alegrías i am- 
biciones. 

Enamorado locamente de una joven noble, cuando 
estaba la compañía en Lisboa, se le había entregado todo, 
cantando admirablemente, con toda el alma en la voz, 
mientras duró la temporada; entusiasmando al público 
que lo aplaudía delirante noche a noche, proclamándolo 
gran artista, sin compre::der que era sólo un gran corazón 
que deponía ante una mirada de m-ijer su montón de glo- 
rias. 

Rechazados todos los CTipeños de amigos, desechado 
rudamente por la orgullosa familia con aquella frase que 
la preocupación social hace insultante cuando dice: «Es 
un artista!», Falerni opuso a su desgracia esa desespera- 
ción pasiva que llaman resignación, gran pr¿rogativa Je 



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A. GIMÉNEZ PASTOR 



las almas sensibles; i así, lleno todo con la bruma de tris- 
teza que el desengaño había estendido sobre él como un 
velo, iba de aquí all^, arrastrado por las exijencias de la 
vida del teatro, como un cuerpo sin vida golpeteado y lle- 
vado de un lado a otro por el oleaje. 

Stradini le había tomado carino, viéndolo así, tan resig- 
nado, sufriendo en silencio, con ese valor tranquilo que 
rehuye toda violencia al encontrarse con la adversidad, 
reflejando en los ojos leales un mundo de tristeza i de- 
volviendo un «Seal» mudo i doloroso* 

El otro quería rebelarse contra aquello. Con su orgullo 
de artista famoso, lleno de victorias, no concebía aún que 
un desden pudiera hacer otra cosa que irritar. 

Pero Falerni, con su voz dulce, contestaba siempre a 
las observaciones del amigo, sonriendo con su eterna son- 
risa melancólica: 

— £ il cuore, caro; il cuore. . . 

jEl corazón! Stradini, sin afectos tiempo hacía, ro^os 
todos los vínculos de familia i de patria, mareado p'^r los 
aplausos, que le enloquecían, que lo emborrachaban de 
orgullo, no se daba cuenta de tal influencia. 

Pero aquella mañana, al pisar el muelle, el viejo mue- 
lle de Montevideo, tan conocido i tan olvidado, bañados 
por el patrio sol sus ennegrecidos tablones, sintió que se 
le humedecían los ojos y un estremecimiento le recorrió 
todo el cuerpo yendo a perderse culebreando en el alma 
triste. 

¡Montevideo otra vez! Después de ocho años de ausen - 
cia, después de ocho ouos de olvido, de mares, de torbe- 
llino, vislumbradas grandes capitales en la vertijinosa 



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, IL CUORE" 



carrera del artista, volvía a aquel pequeño Montevideo 
que ahora, como si fuese niui grande, inmenso, le llena- 
ba el alma. 

Sintió un deseo vehemente, ansioso, de verlo, de re* 
correrlo otra vez, de aspirarlo todo, con su ambiente 
puro i tranquilo, de poseerlo nuevamente, encerrándolo 
en su espíritu: i, apenas llegado a tierra, huyó de todos, 
hasta de Falerni^ conociendo que tenía demasiado con 
aquellas mil voces del recuerdo que gritaban allá en su 
memoria, golpeándole el corazón. 

En Montevideo, en la ciudad alegre i feliz había na- 
cido Stradini; allí se había llamado Eduardo Estrada, un 
nombre oscuro para el mundo, pero que ahora le pare- 
cía a él lleno d¿ luz, mucho má^ querido que aquel con 
que había recorrido la Europa 

La infancia, los amigos, el primer amor, que allí nació 
\ no volvió a sentir más; todo, todo había dejado su per- 
fume en aquella ciudad a que después de ocho años vol- 
vía estranjero, solo, entre un montón de histriones, ^in 
afectos, con el alma vacía. 

Inundado de una melancolía infinita, oprimen- 
tQ, recorrió la ciudad alegre, clara, encantadora siem- 
pre. En ella había tenido una posición social, había sido 
algo, considerado^ atendido como todos, cuando la ju- 
ventud hermosa, los veinte años parecían ofrecerle un 
porvenir fel z, hasta que un disgusto con su padre que 
su orgullo, su soberbia de muchacho malcriado no pu- 
do soportar, le arrojó al teatro, que siempre le había 
atraído con sus falaces espejismos, i lo abandonó todo 
con una compañía de paso, cambiando para siempre 



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10 A.GIMÉNEZ PASTOR 



SU vida i su porvenir, deslumbrado por aquel mundo de 
la mentira ante que el viera vulgar i monótona la rea- 
lidad leal. 

I al pasar por una esquina, viendo un cartel que con 
grandes letras rojas anunciaba la representación de 
OieUo, cantado por el ciJebre tenor Siradini, pensó con 
amargura que ese eilehre tenor era ahora un descono- 
cido allí; tan desconocido que no se reconocía a sí mis- 
mo bajo tal nombre; i que^ a poderlo, cambiara di« 
choso aquel nombre i aquella celebridad que en un tiem- 
po le sedujeran, por poder llamarse otra vez Eduardo Es- 
trada, por el nombre oscuro i vulgar de su infancia. 

(Soíol Esperimentaba la infinita tristeza del que He* 
ga a un país donde ningún afecto le espera, donde ha 
de ser un aislado entre la multitud. I ese país era sa 
patria . 

En Venecia había recibido la noticia de la muerte 
de su padre. Sus antiguos amigos, ni pensó en verlos: 
sentía vergüenza, i la frase con que la sociedad desecha- 
ra al pobre Falerni, aquel despreciativo «Es un artista!» 
acudía a su mente i le entristecía más. 

Su amor abandonado, la niña pálida que oyó sus pri- 
meras frases tiernas, los primeros arrullos del corazón 
enamorado. . . ¿dónde estaba todo eso? ^Cuánta distan- 
cia ahora entre ella i éll ¡Cuánta! . . . Era lo ünico que 
había amado un poco^ i lo que más pronto abandonó; 
él, que en un tiempo lo fuera todo para ella, sería ahora 
un nadíe^ un incógnito glorioso, una figura tiznada, un 
anónimo cubierto de oropeles. 

(Nada, nada ya! . . . 



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„IL CUORE 



Huyó, ansioso de encerrarse en el hotel, tropezando en «¿; 

cada esquina con las rojas letras que anunciaban la re- 
presentación dt Otello cantado por el célebre tenor Siradi- 
nú iStradini! ¿Qjiién era aquel hombre? No era él, por 
cierto. . . Aquel nombre no era el suyo. ♦ . 

lAil {Ojalá! 

I de pasada, al llegar, por más que él se empeñaba, 
rabiosamente obstinado en volver la cabeza, una fuerza 
irresistible se la torció arrastrándole la mirada, i alcan- 
zó a ver allá, en una esquina, dorado por una alegre 
sonrisa del sol amigo, el frente de una casa en uno de 
cuyos balcones con las celosías verdes abiertas de par 
en par como brazos estendidos que llaman el abrazo, 
un canario feliz saltaba travieso en Su jauta descolorida. 

(Era la casa paterna: era el balcón de su cuarto de nifiol 

Pero de fijo de los habitantes de aquella casa no se figu- 
raron nunca que la vista de su morada tranquila había he- 
cho entrar esa mañana en el cuarto fi-io de un ho- 
tel a un hombre desconocido con lois ojos arrasados én 
lágrimas. 

Falemi llegó a la una: iba a buscarle para el ensayo 
i lo encontró decidido a no ir. 

|Oh, no! ¡El teatro no! 

Iban a actuar en el mismo teatro donde pasara ántés 
t antas horas felices, luces lejanas en la noche del pasado. 
Allí estaría su sillón, aquel sillón que le habían dado 
en el diario cuando escribía crónicas teatrales, aquel 
sillón siempre el mismo, que había llegado a inspirarle el 
cariño que se tiene a un viejo amigo, i no se sintió con 
fueriás para Verlo; a la noche sería otra cosa; la jénte, el 



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12 A. GIMÉNEZ PASTOR 

trabajo le distraerían: quizá asi olvidara todo i no llega- 
se hasta él el turbión de recuerdos que temía ver levan- 
tarse en aquel lugar a que tantos iban unidos. 

Desde allí había saludadlo tantas veces a los amigos 
a las amigas, . . Allí había pasado noches dichosas, 
con su novia, cuando tomaba (as butacas Inmediatas 
para oir con ella ese mismo Otello que ahora iba a can- 
tar él. . . 

(Dios santo! (Q^ié triste! 

Gracias a Falerni, que preocupado con la estraña tris- 
teza de su amigo cuidó de todo aquello en que él no que- 
ría pensar, llegó a tiempo al teatro, poseído de cierta 
irritación de sonámbulo a quien se obliga a pensar i res- 
ponder. 

Pudo pasar sin que le importunara con sus recomen- 
daciones el empresario, que volaba de un lado a otro, 
cubierto de tierra, entre los telones que caían i se al- 
zaban sobre las cabezas calientes i empolvadas de toda 
aquella jente que corría de aquí allá en mangas de ca- 
misa, envuelta en el polvo impalpable de las lonas 
removidas que formaba nimbos de luz amarilla i pesa- 
da al rededor de las baterías: todo el apuro febril del ul- 
timo momento esfervescía allí, no habiendo habido 
tiempo de preparar en la tarde la decoración del primer 
acto, como se acostumbra. 

'-'Non dimenticare niente, ¿éh? Alten^ionel Quando il co^ 
ro canta-. Una vela! Una vela!.., atienzione ü de labor" 
cal 

Los maquinistas gritaban por su lado, dirijiendo la 
cal Ja délos telones. 

^¡Basso! . . • ¡Piu basso! , , . Va bene cosil Guarda! 



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JL CUORB 13 



Stradini desde su camarín escuchaba todo esto mor- 
tificado, lleno de disgusto, como si no estuviera acos- 
tumbrado a ello. 

En la orquesta, entre tanto, el pistón hacfa resonar 
el la que repetían los violines, entreverándose al fin 
los sonidos como un caos de ideasen cabeza demente. 
£n la escena se ensayaba el trueno. 

Finalmente rompió la orquesta con el chirrido de ra- 
cha que inicia la tempestad instrumental. 

Stradini, inquieto, temeroso por primera vez, aban- 
donó su camarín, golpeándole contra el pecho el 
corazón hasta hacerle estrañar que no resonara la des- 
lumbrante coraza. 

{Qué horrible iba a ser aquel momento de la aparición 
en escena. Dios santo! 

¿Qué iba a sentir al ver otra vez aquel teatro lleno de 
jente romo estaba, repleto, brillante, esperando al fa- 
moso artista que ailf, encojido, sintiendo chuchos, mi- 
raba estúpidamente a Falerni que ya en la escena, cu- 
bierta la hermosa cabeza con la capucha veneciana, 
cantaba sus apartes con aquella indiferencia triste que le 
era propia i que ahora él le envidiaba, lleno de miedo, 
de miedo de sí mismo? 

De pronto sintió las tres Ewival del coro que le des- 
pertaron bruscamente, como un empellón, saludando la 
aparición de Ótelo. 

Le empujaron, i salió. 

¡Todo su teatro de ocho año atrás, otra vez ante éi! 
El mismo; los antepechos blancos, los empapelados os- 
curos, los sillones rojos. . . {Los sillones! su sillón, el sé- 



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14 A. GIMÉNEZ PASTOR 

timo de la cuarta ñla ala derecha; ese silloa que un- 
tas veces había ocupado cuando era algo ese toda esa 
jente para quien ahora era tan solo un objeto de curio- 
sidad; (í¡un artistah como Falerni! , . ; 

¡Qué amargura! Sus ojos no podían separarse de 
aquel silbón donde se había sentado tantas noches al la- 
do de su novia, del amor, de lo dulce, de lo grato al al- 
ma, i ahora ocupado por un jovencito que conversaba 
con su madre, un jovencito como lo había sido él. . . 

¡La juventud, la madre, el amorl ... 

Un grito de victoria en tal momento, cuando un nu- 
do le oprimía la garganta i un océano de tristeza, I : 
llanto le inundaba el pechol ¡Imposiblel 

La gran frase de entrada salió ahogada, cubierta por 
a orquesta, insignificante. 

I pasó, mientras los murmullos del público sofocaban 
los tímidos aplausos de la claque. 

Dentro le esperaba Ballignani, el empresario, mesán- 
dose febril las largas patillas canosas, llenos de zozobra 
los ojos saltones. 

— Aía. . . cVé questo, Cfiro} 

—Nb« JO, dijo secamente; i se encerró en sí mismo, 
hosco i brutal. 

Los alegres compases del brindis le distrajeron un 
momento. Falerni, con su hermosa voz, llena, sonora i 
dulce, salvaba la primera parte del acto, i al atacar con 
artístico brío las cromáticas descendentes del final, los 
primeros aplausos resonaron en la sala. 

Mientras tanto la Leordi i la Passani, celosas de las mi- 
radas de un político de talla i de dinero que las alcanzaran 



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,IL CüORE" 15 



hasta tras los bastidores, donde esperaba la primera su 
tumo, reñian como verduleras; i la casta i suave Desdé- 
mona escupía al rostro de la otra juramentos de carre- 
tero. 

Stradini sintió asco de todo esto; de ese teatro por el 
que había abandonado sus alegrías, sus afectos, sus 
amores, i que ahora, impúdico i brutal, le mostraba 
desnudas sus llagas, todo lo sucio, lo innoble que en- 
cierra en su seno. 

Cuando llegó él gran dúo de amor sintió que su an- 
gustia renacía, más grande i dolorosa cada vez. 

Él debía ahora decir, fínjiéndolas, aquellas frases de 
amor que antes se repetían con los ojos, cuando, jun- 
to a él su novia, escuchaban en las palabras de Ótelo 
el eterno himno del amor inmortal, que tan bien com- 
prendían entonces los dos. 

I al sentir entre sus manos las manos frías i húme- 
das de la Leordi que le hablaba de amor sin pensar en 
ello, aproximando maquinalmente su cara desfigurada 
por los afeites, que, de cerca, sudorosa como estaba la 
hacían horrible, volvió a esperiraeníar aquella sensación 
de asco, de aversión por todo el engaño i la farsa que 
hacen el teatro hermoso. 

Sin poder separar los ojos de su sillón, de su pasa- 
do, de su lugar perdido, de sus recuerdos dulces, com- 
parando lo que habia sido i lo que ahora era en aque-r 
Ha sala, para aquella jente, midió la distancia que de 
él lo separaba, i así, tan pequeña como era, encontró- 
la inmensa. 

Sólo lució un instante su voz, como si gozase en 
acariciar tan amarg<7 ironía, ál cantar aquella frase 



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l6 A. GIMÉNEZ PASTOR 

de feliz embriaguez, la frase que tantas veces repitiera 
al oído de su amada en horas de dicha: 

Tale i il gaudio del? anima, che iemo, 

temo che piú ncn mi sard concesso 

quest* attimo diviríb 

neW ignoto awenir del mió destino! 
I, agobiado por la tristeza ante la nueva i brusca 
atropellada de los recuerdos, escuchó cómo rompian los 
violines en el divino canto de amor, pidiendo en in- 
mortales acordes unbacio.,, un beso, un beso aún\ 

Durante los entre-actos se encerró en su camarin, 
escuchando lejano el murmullo de los comentarios que 
su fracaso levantaba, toda la estrañeza del escenario de- 
sorientado en el desquicio de las convicciones quebradas 
de pronto, i no permitié que nadie lo viera, sabiendo 
que se respetarían sus caprichos de gran arttstn. 

Así continuó arrastrando durante cuatro actos su 
tristeza i su humillación, ahogado por el llanto anu- 
dado allí, en la garganta, siempre mirando, teniendo vi- 
da tan sólo para mirar ese sillón en que leía su pasada 
hermoso, ya perdido como todo lo suyo, como él mis- 
mo. 

Sólo en el adiós t¿)n doloroso del segundo acto había 
resplandecido un momento, i con sin igual espre- 
sion despidió un algo grande i triste que no había 
de voíver' 

Ora per sempre adáio, sanie memorie! 

AddiOy sublinii incanti del pensier! 
concluyendo con un desesperado acento de sombría 
tristeza al decir: 

Della gloria ^ Otello é qtiesto ilfin! 
que hizo estallar en aplausos al público; los primeros 
aplausos para él! 



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„IL CUORE'* 17 



Pero después, nada más. 

Cuando salió del camarín, apurado ya para entrar en es- 
cena, en el cuarto acto, se encontró con Ballignani que 
cruzando las manos solo pudo decirle: 

— Per Dio! per Dio! . . . , en tanto que los ojos salto- 
nes gritaban: «¡Sálvame!» 

Junto ya a la püertecilla del foro, Falerni, más triste 
que nunca, le apretó la mano cariñosamente, i aquella 
tristeza jenerosa del companero bueno le enterneció. 

Los últimos acordes dulcísimos del Ave Marta calla- 
ron i entró él en escena por última vez. 

Miró do nuevo al público desde la penumbra oscura, ¡ 
sintiendo otra vez la sensación de ternura que le produje- 
ra la actitud de Falerni, avanzó resuelto, diciendo al acor- 
darse de Ballignani: Lo salvaré. 

Después, toda la escena de la muerte de Desdémona 
fué admirable. 

La cólera huracanada de los contrabajos le enardeció 
i desde allí en adelante los aplausos resonaron aún sin 
dar lugar a ello la situación escénica. 

Cuando al dar el primer beso rompieron otra vez los 
violines con el infinito motivo del dúo de amor, la acción 
dramática interpretada por él llegó a lo estraordinario. 

Las enérjicas negativas a la tregua que implora Des- 
démona tuvieron algo de singular, de hermosamente es- 
traño en su rudo laconismo. 



CFio viva quesia uotte.., ^Nc! 
ün'ora,..'No!No! 



¿A quién decía aquello así? ¿A Desdémona? No, cier- 
tamente. ¿Qué le importaba ya a él de todo esto? 



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1 ^» A. G I M ÉXEZ TASTO R 



Cuando llegó h escena final, el publico, completame?.- 
te dominado, era suyo. En la sala ¡ en el escenario, 
adentro, se respiraba admiración. 

Sonaron los acordes lúgubres i con una entonación 
profunda, sombría, inmensamente desconsolada i triste, 
dijo su frase: 

Ecco la fine del mió cammin, . . 
¡O gloria!'.. 

Oiello ful 
I la cimitarra cayó de sus manos, resonando en el si- 
lencio inmenso del teatro anhelante. 

La tristeza se desbordaba de su alma; ya era él, no Óte- 
lo quien cantaba; i cuando se volvió para decir a Desdé- 
mona inerce, a su pasado feliz borrado por siempre 
E tu. . . come seipálHdal. . . 
¡e sianca, e muta e bellal 
no pudo mds i un sollozo desesperado reventó en su pe- 
cho, levantando una tempestad de aplausos que siguieron 
resonando hasta el final, interrumpidos solo un momento 
por el último verso que se elevó vibrando lloroso, dicien- 
do, no ya ala esposa muerta, sino a la amante de toda \b 
vida, a la gloria en su última noche: 
pria d^uccideriiy sposa, ti haciai, 
Or morendo. . . nell ombra in cui mi giacio, 
un hado. . . U'i hacio ancora. . . un aliro haciol 
nJéntras en los violines estallaba por última vez el divi- 
no canto de amor llevardo en los acordes inmortales el 
doloroso adiós a todo lo perdido, a todo lo querido, a le- 
do lo que fué. 



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„IL CUüllIi" 19 



Un inmenso aplauso, un clan'iOreo de tempestad cu- 
I rió las últimas notas. 

Pero Stradini hu}'© de él, de la gloria que le aguardaba 
esclava, allí tras de la tela. Apenas caído el telón corrió 
fuera de la escena, entre el vapor cálido de la admiración 
de entre-telones, i después de cruzar unas palabras rá- 
pidas con Baüignani que, llorando, quería abrazarle, se 
encerró en el camarín, con el alma despedazada, com- 
prendiendo que aquella noche había muerto el artista, 
que no podría ya cantar con un mundo de amargura en el 
pecho, que había perdido el orgullo de la carrera, que el 
recuerdo de lo perdido, de todo lo amado lo apagaba para 
siempre. 

Entre tanto el gran aplauso, nutrido, clamoroso, seguía 
llenando con ruidos de tempestad la sala caldeada por el 
entusiasmo. 

Falernicorrió tras de Stradini pa/a arrastrarlo a recibir 
L ovncion, contento por vez primera, pero se encontró 
con BalUgnani que desesperado, loco, lo buscaba a su vez* 

— Va, vUyF ahvn']; parla con quel pa\\o; parlaUtu. Vedi, 
m'a detto che rescinde la conlrattal ¡Dio! ¡M^arrovinerdl 

Falerni, sin saber qué pensar de aquello, corrió entre la 
multitud que llenaba el escenario comentando el triun- 
fo, efervescente, insubordinada; e impulsado por el tro- 
nar de los aplausos que continuaban siempre, entró a ^ 
cimarin. 

— ¿Qjié pasa? El publico llama ¡Pronto! 

Pero Stradini por toda respuesta se precipitó en sus 
brazos desb irdándosele el llanto que le sacudía el pecho 
con el cst .nido de los sollozos, unos sollozos convulsos 



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20 A. GIMliNEZ PASTO K 



•j 



de niño desconsolado. ^ 

Falerni, al verle así llorar cuando la gloria, eso que <:\ 
adoraba, que le enloquecía, estaba llamándole en aqu':l 
momento con el bramido lejano de los aplausos, pcrsis- | 

tentes i sonoros, dijo asombrado: i 

—Pero, ¿qué tienes? 

I el otro, respondiendo siempre con sus sollozos a la ^ 

ovación clamorosa que allá lejos se desataba, contestó 
lentamente: 

—¡Oh! ¡Ahora sí y é a atore, F íúcrm , i¡ cuorel 



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CELOS 23 

celestial ocuparse en diríjirle i aconsejarle con esa suavi- 
dad dulcísima de las madres jóvenes que tienen chiquiti- 
nes hermosos. 

|I era de verla estasiarse cuando aquel soñador de seis 
anos decía, con acento convencido i seguro; 

— Mira, mamá; cuando yo sea grande i me case, i tú 
seas vieja, viviremos en un palacio muí lindo, i te com- 
praré un vestido de raso rosado i otro verde. jAhl Es- 
cotados. 

¡Ella, vieja, de vestido verde, i escotadol Era absoluta- 
mente adorable aquel personajel 

I lo cubría de besos durante un cuarto de hora segui- 
do, contando uno! dos! tres!... hasta cien. 

Por cierto era aquel un hogar feliz. 

Pero, he aquí que en tan sereno cielo apareció de 
pronto la consabida nube. 

El joven esposo empezó a sentir aquella garra de los 
celos, de que hablan los poetas, oprimiéndole el corazón. 

Unos celos ridículos, si se quiere, pero al fin celos. 

Celos. . . ¿De quién? 

Todos hubieran soltado la risa, a haberlo él dicho; pe- 
ro era cierto. 

Estaba celoso de. . . Lamartine. 

jDe Lamartine! jPero si no existía ya! 

Sí, sí; todo eso lo sabía él bien; era estúpido aquello, lo 
comprendía; pero no podía remediarlo. La cosa tuve 
oríjenen ciirtas distracciones, mui parecidas al éxtasis, 
que esperimentaba Blanca, mientras estaba el pequeño 
en la escuela, ante un hermoso retrato de Lamartine que 
adornaba la pared del escritorio. 



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24 A. GIMÉNEZ PASTOR 

Primerameute no paró Pedro la atención en ello; pero 
su frecuente repetición consiguió atraerla ji tanto! 

¿Por qué pasaba Blanca largos ratos ante el retrato 
del gran poeta, en muda contemplación, acariciándolo 
con la mirada, rindiéndole casi un culto? 

El caso era estraño. ¿Si sería aquel una especie de 
amor Qspxntua] y specimen de platonismo depurado? 

La primera vez que esta idea se presentó a la mente 
de Pedro, fué desechada con fastidio. Era ridículo llegar 
a suponer tal locura; era risible, era un disparatel 

Pero la maldita idea le persiguió, insinuándose lenta- 
mente en su espíritu, porfiada como ella sola. 

Sería una locura, pero ¿qué pensar de ello entonces? 

I, sin él quererlo, le venían mui complacientes a la me- 
moria aquellos versos de Campoamor que tan bien con- 
venían a su situación, aquellos del canto primero de Los 
amores en ¡a luna: 

«¡Cuántos nobles amores 

llenos de ansias i celos, 

sin tocar en las puntas de las flores 

en el azul se mecen de los cielos! 

Amores que, aunque son de pensamiento 

embargan por entero nuestra vida, 

i que al morir nosotros, en el viento 

se pierden como música no oída. 



I tü, lector querido, 
¿no has conocido alguna 



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CELOS 25 

que. aunque fiel en la tierra a su marido, 
ama a otro hombre fantástico en la luna? 
¿Sería posible? Necedad absurda era esta de tomar en 
cuenta fraseolojías de poetas suspicaces, pero, por otra 
parte, ¿no podía ocurrir que el autor de Graiiella i Rafael^ 
esa alma eternamente enamorada, hubiera conseguido, 
on el encanto suave de sus poéticas creaciones, hacerse 
un lugar en el corazón de una mujer impresionable i 
sensible, inclinada de por sí a los encantos del ideal, una 
mujer como Blanca, por ejemplo? 

El pobre Pedro rechazaba disgustado estas ideas ridi- 
culas i decía para sí tratando de alejarlas con un sacudi 
miento de cabeza: '<Soi un insensato!» Pero ellas volvían 
a la carga persistentes como la obsesión, dominándolo 
con todo el poder fascinante de los malos pensamientos. 
Sin quererlo tenía debilidades, desconfianzas i astucias 
de celoso. Apariciones repentinas, salidas simuladas, es- 
condites. . . . 

Era infernal aquello; i sufría tanto más con tales cosas, 
cuanto que se encontraba completamente ridículo; ¡tener 
celos de Lamartine! ¿Pero a quién diablos le ocurría 

esto?! 

Un día, por fin, no pudo ya contenerse. Blanca, miran- 
do con dulcísimos ojos el retrato del poeta, dejó escapar 
dos palabras, dos palabras que la denunciaban claram.en- 

te. 

— ¡dué hermoso!— dijo. 

Pedro, que estaba al acecho, se presentó entonces an- 
te ella tratando de disimular la ira que le hacía temblar la 
voz, \ la interrogó; 



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26 A. GIMÉNEZ PASTOR 

—Mira, Blanca; ¿quieres decirme por qué miras tanto 
ese retrato? 

Ella se ruborizó lijeramente pero no contestó i el jo- 
ven creyó un momento que la ira iba a ahogarlo. 

^No me contestas?— dijo furioso. 

Entonces Blanca levantó hacia él sus serenos ojos i 
contestó sencillamente con voz mui tranquila: 

—Lo miro. . . porque se parece a mi hijo. 



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— ¡La suerte, la suerte! 

Tan desfallecida, tan triste, tan abatida era la voz que 
iba así, por la larga calle de eucaliptus que cruza a Villa 
Colon, ofreciendo la fortuna a los demás; tanto contras- 
taba su temblor de desgracia i pobreza con aquello que 
pregonara, que nos llamó la atención. 

Estábamos en la puerta de la diminuta quinta a donde 
la convalescencia había llevado a Alberto Planas, un 
amigo que íbamos a acompañar por turnos los cama- 
radas. 

Nos volvimos. 

Acababa de pasar el ultimo break, «el de Domingo», 
conduciendo su continjente de viajeros traídos por el 
iltimo tren de la tarde, i el polvo dorado se envolvía re- 
plegándose con suavidad sobre sí mismo detras del coche 
que se tambaleaba a lo lejos, animados los caballos por 



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28 A. GIMÉNEZ PASTOR 

el alegre chasquido de la fusta al resonar vibrante en el 
espacio sereno. 

Entre el polvo revuelto se acercaba, marchando con 
paso indiferente e igual de caminante obstinado^ el lo- 
tero de la voz triste, sobre cuyo traje viejo el sol de la 
tarde, filtrándose a través de las hojas, bordaba calados 
arabescos de oro. 

—Si me quisieran hacer el favor de un poquito de 
agua..., dijo al llegar junto a nosotros, con forzada 
sonrisa de|,mendigo, llevando al sombrero su mano grue- 
sa i deforme. Es para el muchacho. Está enfermo. . . 

Junto a él, deshecho, rendido, sosteniéndose apenas, 
con los pesados zapatos lltnos de tierra, el muchachito, 
un niño de cinco anos con unos ojos negros en que lla- 
meaba la fiebre, dejaba caer, apoyándola contra el cuer- 
po del padre, su cabecita llena de palidez, la pequeña 
boca contraída, abrasada por el polvo seco del camino. 

Los hicimos entrar, i mientras el niño ansioso, con 
la locura de la Siá bebía el agua fresca, el padre, níi- 
rándolo con infinita trisier.a, se pasó la mano por 'os 
ojos i la sudorosa frente, con ese movin^i nto de f.aiga 
dolorosa que arrastra el suspiro. 

— ¿tistá censado? 

— Eli! — Un poco, sí. También. . . Vengo desde Mon- 
tevideo. 

—¿A pié? 

— <jI entonces? Les pobres no tentamos para más. . . 
jCuatro leguas a pié, bajo el sol, i la vuelta todavía! 
Eh. . . ^qué q'iiere? í^gr^gó con su sonrisa triste i amnr- 
gr. Es por el chico. El dotor me dijo que le trajer-i 



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LA SUERTE 29 



aquí, a respirar el aire del campo; de estos árboles que 
son buenos. . . Los ricos pueden venir a vivir, a buscar 
la salud sin trabajo... Yo solo puedo traerlo un rato 
todos los días. 

¡Pobre hombre! Todos los días emprendía aquel viaje 
penoso, terrible, para dar un poco de aire puro a su 
pequeño hijo, para que el campo grande i jeneroso, 
pródigo como todo lo bueno, diera un átomo de su vida 
colosal al niño enfermo; todos los días debia emprender 
la marcha, paciente i obstinado» arrastrando lentamen- 
te al hijo débil que desfallecía a las pocas cuadras; 
entonces cargaba con ^él, lo cubría con sus brazos i con- 
tinuaba su camino, baja la cabeza sudorosa, agobiado por 
el mundo de tristeza que llevaba en su alma, ator- 
mentado por la vista de aquella carita pálida, morteci- 
na, en que se reflejaba un algo doloroso i fatal que 
asustaba. 

Miré con respeto a aquel hombre. 
—¿Al menos venderá usted nümeros de lotería por 
el camino? le dije. 

— Eh! . . . Casi nunca. La jente no quiere comprar. 

— Es una desgracia. 

—Oh! es mucha desgracia, señor, salir por la ma- 
ñana i volver por la noche, muerto de cansancio, i sin 
nada. . . Pero, de todos modos, mejor cue estar en ca- 
sa. . . Tenía otro chico, menor que éste. . . Se enfermó 
wina tarde... Una tos ronca, una tos de perro, como 
si tuviera lleno de telas el pecho. . . Era rubiecito i blan- 
co, i tan gordito, tan hermoso! ... Me parece que lo 
estoi viendo todavía, ¡Qiié quiere! no lo puedo olvidar; 



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30 A. GIMÉNEZ PASTO K 

hace ya un mes, i siempre lo tengo aquí, fijo; jahl qué 
tristeza, señor! Después de una noche terrible que nos 
pasamos mi mujer i yo velándolo, escuchando un ron^ 
quido continuo cada vez que respiraba, un ronquido que 
nos cansaba el pecho, porque era tan seguido que no 
le dejaba ^cerrar la boca, llegó la mañana. Enton- 
ces fué cuando le dio una tos terrible que lo ahoga- 
ba. . . Se le pusieron unas manchas coloradas en la ca- 
ra, tan pálida i húmeda que daba miedo. 

Cuando con los ojitos celestes llenos de lágrimas, 
pudiendo hablar apenas, me dijo: «Papá. . . me canso de 
suspirar. . .» sentí un frió, un frió! . . . parecía que te- 
nía hielo en las venas i en el pelo. Después fué peor; 
respiraba tan lijero, que no podía ser más; lijero, lijero, 
cada vez más lijero i siempre con el ronquido aquél que 
nos desesperaba. Empezó a ahogarse, i entonces ¡pobre- 
cito! se abrazaba de mí, loco porque iba a morir; gri- 
taba que se ahogaba. . . «Papá, no puedo. . . Papá, no 
puedo...» se retorcía, con la cara todavía violeta i los 
ojos mui abiertos llenos de lagrimáis otra vez. . . ¡Ah 
Dios mío, qué horrible! Al fin cayó muerto. . . ¡Pobre 
mi hijito! ... 

I sollozó. 

—Vamos; paciencia, murmuré. 

—Sí, más vale no acordarse de eso; ya se acabó. .. 
Perú desde entonces la casa se quedó vacía i mi] mu- 
jer no h:;ce más que llorar siempre, siempre, a toda ho- 
ra. . . da tristeza entrar allí; más valía quedarse en la 
calle. . . Después se enfermó éste, el otro hijo; yo creí 
que también se moría, i pensé qae me iba a volver 



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LA SUERTE 3 I 



loco; pero gracias a Dios. . . 

El niño se había dormido sobre la silla, inclinada la 
pálida cabecita a un lado, respirando aceleradamente, 
con la frente bañada en sudor, acariciado por la tarde plá- 
cida que lo envolvía en su gran manto de brisas. 

— Bueno, dijo el lotero, que se había quedado un 
instante ensimismado contemplándole con inmensa ter- 
nura. Mil gracias, señores. 

— ¿Se va ya? Se ha dormido el niño. 

— Eh. . . qué le vamos a hacer! Tengo que volver a 
Montevideo, i a pié se tarda. ¡Sa^tiaguito, Santiaguito, 
dijo, levantándole la cabeza suavemente; Santiaguito! . . 

El niño despertó suspirando. 

—Vamos, volvamos a casa ¿eh? Ya descansaste un 
poco. . . ¿Vamos? 

I cargó con él despidiéndose. 

El sol se ocultaba abandonando el cielo amarillo. En 
la calma inmensa de la tarde, la campana del Colegio 
Pío vibraba tristemí^nte, tranquila, dejando en el espa- 
cio lleno de misterio las notas del .ángelus» 

I así vinios cómo se perdían a lo lejos en lá larga 
calle de eucaliptus, llena de la luz rojiza i turbia del 
crepüsculo, el niño i el hombre, aquel hombre que sin 
abandonar su paso igual e indiferente de caminante obs- 
tinado, llena el alma de mfinita tristeza, agobiado por 
el mundo de dolor i llanto que llevaba en el alma es- 
trujada, iba ofreciendo a los demás la fortuna y la di- 
cha con un billete, estremeciendo el ambiente plácido de 
la tarde grandiosa con el eco de su voz, que, lejana, 
casi perdida ya, decía: 

— ¡La suerte, la suerte! 



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^Ché Francisco! (Eh, llamo yol jEh! . ...Otro vaso de 
vino. Pero francés; ahora quiero francés: hai que variar, 
]qué diablo! 

I el obrero golpeaba con su vaso vacío sobre la mesa 
gritando con voz ronca que salía difícu tosa, arrastrando 
las palabras mal pronunciadas por la lengua gruesa i pas- 
tosa: 
—Otro vaso! tengo sed, iQ}ié diablo! 
No sería seguramente por falta de líquido, pues iban 
ya . . . cuántos vasos iban? Sábelo Dios! 

Había transcurrido cerca de media hora desde que se 
retirara José, un camarada, i en todo ese tiempo no ha- 
bía cesado de beber. 

José i él fueron aquella noche a echar un trago j untos. 
¡Qyié diablo! Era dia de pago, i bien ganado tiene el hom- 
bre un rato de diversión cuando se pasa un mes cerrado 
machacando el hierro. 



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34 A. GIMÉNEZ PASTOR 



La verdad es que Pedro había remojado poco, objetan- 
do que tenía que hacer; iba a la fonda i luego a una 
cosa que él se sabía. . . . ¿Misterios? (Valiente egoistal Pura 
mentira todo. En día de pago no hai que haeer. )Qpiéa 
va a tener que hacer en día de quincena! 

Por eso Mateo continuaba allí— «(Firme en el puesto!» 
—bebiendo en aquella mesa del rincón que apenas se veía 
entre el humo hediondo que invadía el despacho de bebi- 
das nublándolo todo, hasta la lámpara pendiente de las 
vigas al descubierto, con la luz velada, empalidecida 
como los faroles del alumbrado en noche de neblina. 

En tal ambiente pesado, asfixiante, revolvíanse los con- 
currentes, changadores i obreros, unos bebiendo, otros 
jugando a las cartas, dando uerte contra la mesa el mu- 
griento naipe. 

Mateo estaba ya ebrio; doblado en el asiento, con la go- 
rra de lustrina echada aun lado, pegada a la nuca, movía 
estúpidamente la cabeza haciendo ademanes torpes con 
sus manos temblorosas. Tenía el rostro pálido i el entre- 
cejo fruncido, uniendo las cejas erizadas que trazaban 
una raya negra sobre los ojos empañados i lacrimosos, de 
mirada estraviada i turbia; el bigote, mojado í caído, cu- 
bría una boca blanduzca en cuyo labio inferior colgante 
se mantenía adherida una colilla de cigarro completamen- 
te negra; era ana fisonomía repugnante, contraída como 
i sintiera náuseas. 

Quien sabe por qué estraña asociación de ideas que se 
encadenaban a capricho allá en aquel cerebro nublado de 
ebrio malo, su pensamiento se había encarnizado con el 
camarada ausente, con José, i hacía rato que balbuceaba, 



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JUSTICIA INCONSCIENTE 35 

haciendo siempre ademanes pesados con sus gruesas ma- 
nazas, cortada a cada paso la voz por un hipo violento. 

José. . . . (Buena pieza era José! 

— ¡Pa camaradas asíl . . . Verdaderamente yo debí rom- 
perle el alma cuando me di|o riendo que Carmen me en* 
ganaba, ps. . . porque me lo ha dicho. . . ps.. . en mis 
barbas. 

Calló un momento, pero la idea seguía revolviéndose 
en el cerebro. 

Lo que debía hacer ese asqueroso era limpiarse la len- 
gua antes de hablar de su mujer; una mujer, amigo, co- 
mo pocas se encuentran. Decente, eso sí, i segura. |Como 
segura, . . . cuidaditol I todo para que un sinvergüenza vi- 
niera a calumniarla como quien habla de una cualquiera. 
Porque eso era. José había dicho clarito que él, Mateo, pa- 
saba ¡a de todos ¡os demás. 

Al principio Mateo no paró atención en ello; el otro lo 
dijo riendo, en un momento de espansion; porque lo cier- 
to es que a José no se le había ocurrido nunca hablar de 
estas cosas. Verdad es que esa noche parecía estar muí 
alegre, demasiado contento, , . Decididamente José esta- 
ba chispo hasta los ojos. 

Pero con la embriaguez que iba dominándole entero 
Mateo dio en revestir de circunstancias agravantes aquel 
hecho en que apenas parara la atención antes. Con su 
pertinacia porfiada de borracho quería forzosamente en- 
contrarlo digno de castigo, i seguía haciéndose razona- 
mientos en tal sentido, jirando al rededor del mismo pun- 
to, exaltan José a veces como si alguien lo contradijera. 

—Sí, lo dijo, lo dijo, —repitió con aire convencido. 



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$6 A. GIMéNEZ PASTOR 

I empezó allí la labor de la idea tenaz; el amor salvaje, 
de macho se levantaba nuevo a ¡a idea de la traicionv 
i el dicho del camarada le resaltaba ofensa dolorosa. 

¿Cómo diablos no le rompió la cabeza allí mismo? Por- 
que a él de todo podían hablarle, menos de su mujer;, 
aquello era la dinidd. Todo, menos la mujer! 

—Por eso be sido un idrota en dejarme insultar así...., 
ps. . . Porque me ha insultado, claro; i cuando a un hom- 
bre lo insultan, el hombre tiene que. . . ps. . . porque el 
hombre, el hombre. .. ps. . . 

Sus ideas se confundfaa4 niascuflaba las palabras como 
si empezara a dormirse; echó más hacia atrás la gorra de^ 
jando que un mechón de cabellos cayera sobre la frente 
pálida pegándose a elha con el sudor. 

—Sí Carmen me engañara, murmuró pasándose la ma- 
no por los ojos, yo creo quef . . . Más vale no pensar. Se- 
ría una infamia. Delante de ella soi un carnero. . . ps. . , 
porque la verdad. . - ps. . . ía parrona hace de mí lo que 
se le da fa gana. Si no me emborracho, es por ella. . . ¡Por» 
que ahora no estoi borracho, mil diablosf— gritó danda 
un puñetazo sobre la mesa.— ¿Q).i¡én dice que yo estoí 
borracho? No estoi, nó. Vé, vé. . . 

I trataba de hacer eiKontrar las yemas de sus dedos 
índice sin conseguirFo. 

— Nó, no estoi borradlo; terrgala cabezj más fuerte 
que quien sabe qué. No me emborracho^ he dicho; si es- 
toi aquí es porque dije a Carmen que no iría esta noche a 
casa, i er hombre debe sostener su palabra; porque si no. . 
ps. . . porque si no el hombre, . . Pero pegir.nela Car- 
men... 



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JUSTICIA INCONSOENTE 37 

Volvió a encarnizarse con José. Aquel chismoso se me- 
recía bien un buen tajo; i no se hiciera cuestión de que lo 
que dijo lo había dicho en broma. iQ.ié broma ni qué bro- 
mal Esas cosas no se dicen más que en serio; lo demás 
era zoncera. 

—Pero ¿para qué lo dijo? ¿Por reírse de mí? Pues le 
voí a enseñar— murmuraba cada vez más exaltado Mateo 
—le voi a enseñar! Soi más que capaz de abrirle la barri- 
ga en cuanto se me antoje; soi capaz. ¿Q^é no? Pues sol 
capaz de hacerlo al momento. Me ha insultado. . . ps. . , 
i eso no se puede permitir. . . ps. . . A cualquiera que lo 
insultan puede matar. . . 

I le dominaban verdaderamente terribles deseos de ha- 
cerlo; tenía mala bebida aquel pobre Mateo. En cuanto to- 
maba veníanle ganas de hundir un arma en la carne de 
alguien, deseos brutales de ejercitar sus fuerzas, de satis- 
facer un apetito horrible que le subía a la cabeza con los 
vapores del vino. Dos veces habia estado a punto de come 
ter un crimen estando borracho, i solo la cárcel impuesta 
a tiempo había conseguido salvarb. Su padre murió en 
la cárcel; era un mal de familia ese deseo de matar que 
provocaba el vino, i para sastifacerlo se empecinaba aque- 
lla noche en hallar causa bastante en las palabras del com- 
pañero imprudente: ensañado con tal idea, i multipli- 
cando sus razonamientos pesados de borracho porñado 
Concluyó por convencerse cada vez más de la necesidad de 
una ven ganza ejemplar. 

Todavía estuvo un rato balbuceando razones que eran 
tanto más confusas a medida que la idea de mctar a José 
^e hacía más clara e intensa, acabando por dominarlo 
completamente. 



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^8 A. GIMÉNEZ PASTOR 

Era preciso hacer un escarmiento; para algo llevaba el 
hombre un cuchillo en la cintura; para no dejarse insultar. 
I lo mejor era hacer el escarmiento cuanto antes; al mo- 
mento. . . 

En aquel cerebro jerminnba con la embriaguez el cri- 
men; era lei fatal 

Salió ya decidido a perpetrarlo» murmurando siempre 
por la calle. Lo habían insultado; a él i a su mujer, i era 
preciso ser hombre alguna vez. ¡Oh I José la iba a pagar 
cara, sí. 

Dominado cada vez más por la siniestra idea llegó an- 
te la puerta de la habitación de José. 

Había luz adentro; sin duda estaba todavía levantado 
aquel sinvergüenza. 

— ¡Eh!, José!--grító con voz bronca empujando la 
puerta. Soi yo; Mateo. Quiero decirte una palabra. . . 

Llevaba ya en la mano el cuchillo. 

En el interior del cuarto sintióse un movimiento como 
de alguien a quien sorprenden, pero nadie costestó, 

— |Ah, cobarde! rujió Mateo abriendo la puerta: vas a 
ver.., 

Pero al penttrar él a la habitación apagaron la vela re- 
pentinamente i se encontró en una oscuridad profunda. 

— jAh!— dijo vacilando, sorprendido por la sombra. 
Ah! ¿No te gusta la visita, eh? Pero te voi a ensenar! . . 

I cerró con llave la puerta sin que nadie hubiera pro- 
nunciado una palabra en respuesta a las suyas. Sin em- 
bargo, había allí alguien. . . 



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JUSflClA 1MCOKSCIEKt£ }^ 

De pronto 03*0 un leve ruido en un rincón i hacia él se 
precipitó aullando: 

— jAhl hij'una gran! . « : ¡Al fín resollastel 

Estiró los brajsos, pero un cuerpo se deslizó rozándolo 
sin qtie llegase a cojerlo. 

—No importa; has de caer, dijo furioso: 

I entonces comenzó una persecución terrible en la os- 
curidad. 

La cabeza de Mateo no estaba muí firme, pero perseguía 
con tesón de borracho aquel cuerpo que sentía huir de- 
lante de él, sabiendo que no podría ocultarse, estando, co- 
mo estaba siempre, doblado el catre. 

Empezó a correr de un lado a otro, tanteando en la os- 
curidad, poseído de una especie de delirio, escitado con 
la persecución como el cazador ante la presa que huye. 
El perseguido silencioso derribó en su fuga una silla; Ma- 
teo al tropezar ccn ella cayó dando un terrible golpe 
contra el suelo, pero levantándose inmediatamente si- 
guió andando; muchas veces chocaren con la pared 
sus manos mui abiertas, sostenido el cuchillo con dos de- 
dos de la derecha; los escasos muebles se tambaleaban i 
caían a su alrededor; ahora sentía una respiración jadean- 
te que le guiaba a ratos, pero no conseguía apoderarse 
de la ansiada presa: en un momento estuvo a punto de 
cojerla, Uegó.a tocar sus ropas i se le fué un grito, cre- 
yendo haber logrado su deseo, pero el bulto se le es- 
currió nuevamente con un movimiento deseperado. 
Mateo estaba rabioso, anhelante, cubierto de sudor, cie- 
go, encarnizado; ni siquiera le ocurrió la idea de encender 
luz ni pensó un instante en lo estraño que era aquelLi 
misteriosa mudez de José. 



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40 A. GIMÉNEZ PASTOR 

En la oscuridad i el silencio la persecusion continuaba 
entre dos sombras escuchándose solo la respiración ja* 
deante del perseguidor i del perseguido, pero tal situa- 
ción no podía prolongarse más. Venció por fin la rabiosa 
fiebre del borracho; Mateo consiguió cojer por el hombro 
su presa i sin una palabra, exhalando un halal espi* 
rado de machacador de hieirc, asestó la puñalada con 
toda fuerza. 

El cuerpo cayó con ruido seco, reinando el momento 
de silencio que sigue a todos los crímenes interrumpido 
solo por un glu glu horrible de caño que se vacía. 

Mateo, jadeante, permaneció de pié, con las piernas 
abiertas, vacilando, como atontado. Luego, secándose con 
el revés de la mano el sudor, murmuró con voz ronca: 

—Ya está! 

Entonces recien atinó a encender la vela encontrada a 
tientas en un rincón, lejos del candelero; todo su cuerpo 
temblaba estremecido i el jadeo de la respiración le apagó 
dos veces la cerilla; por fin la luz chisporroteando dejó ver 
el cuarto de José en completo desorden. 

Mateo la acercó al cuerpo de la víctima que agonizaba 
en silencio, i lanzó un rujido terrible. 

No era José, sin duda retardado, el que encontrara en su 
cuarto a aquel'a hora: Era Carmen, su mujer! 



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Pedro subía la escalera apresurando cuanto le era p(>- 
sible el paso arrastrado i torpie, fíja con poderosa aten- 
ción la mirada de sus turbios ojos en los peldaños para 
evitar tropezones que la falta de costumbre i el apresu- 
ramiento pudieran multiplicar; oprimía fuertemente entre 
sus manos temblorosas el frasco que le dieran en la botica 
al presentar la ultima receta del médico, temiendo que 
se le escapase i se hiciera pedazos, poco habituado como 
estaba a tratar con objetos frájiles. Tanto más grande 
era este temor cuanto que el precioso frasco contenía 
remedio para el niKo AlfreditOy para aquel enfermo que él 
quería muchísimo i que estaba ese día tan malo, tan 
malo. ... No obstante, Pedro tenía gran confianza en 
la eficacia de aquella medicina; la había recetado el doc- 
tor, i el doctor no podía equivocarse ni recetar algo 
que no íuera para salvarlo. 



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42 A. G I \fÉNEZ PASTO R 

— jLa palabra del dotor vale dos durosl repetía siempre; 
(dos durosl 

I con esto quería manifestar cuánto valía aquel 
hombre cuya palabra era oro. 

Pero, al llegar al fínal de la escalera, le desgarraron los 
oídos gritos agudísimos que salían del cuarto del enfer- 
mo, entre llantos i ruido de muchas pisadas, como si to- 
dos los de la casa corrieran de un lado a otro. 

Qpedó un momento inmóvil, bañada la frente en frió 
sudor, oprimiendo más aún el frasco entre su negra mano 
temblorosa, mientras seguían los gritos y se multiplica- 
ban los lamentos. Después echó a correr t llegó a la pie • 
za cuando un grupo de mujeres despeinadas, pálidas, ba- 
ñadas en llanto, desesperadas, arrastrando entre todas a 
la madre, la sacaban de allí por una puerta lateral que 
tras ellas se cerró. 

El niño acababa de morir, al cambiarlo de cama, i allí 
estaba estendido, con los ojos mui abiertos fijos en el te- 
cho, pero sin mirada ya; i Pedro junto al lecho le con- 
templaba atontado, embrutecido, con el viejo sombrero 
en una mano i el frasco en la otra todavía, moviendo 
estúpidamente la cabeza cuyo lanudo pelo empezaba a. 
blanquear, mientras en la pieza inmediata los lamentos 
i los gritos i los llantos vibraban sin cesar, enviando a 
través del tabique la sensación de un desconsuelo infinito, 
de una desesperación inmensa, alternadas con los zollo- 
zos palabras de súplica que pronunciaban muchas voces 
a la vez, todas dolientes i llorosas . 

—¡Mamá, por Dios! , . . 

— ¡Mamál 



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LOS CUATRO "vintenes" 43 

— jDéjenmel jQjiiero verlo! 

— )Mamá, cálmate» por Diosl 

—{Una sola vez, a mi hijitol . . . 

—(Hazlo por nosotrasl 

—Quiero verlo! ¡Qpiero verlo! (Hijo de mi alma! 
Mi Alfredo! . . . 

En la estancia mortuoria el negro i el muerto se- 
guian inmóviles, mirando aquél siempre los ojos mui 
abiertos del niño con la vidriosa mirada fija en el 
techo. 

Pedro amaba dos cosas en el mundo: el vino, i aquel 
niño que acababa de moril:. El vino ocupaba quizá en 
su alma el lugar destinado a la pasión i el niño el re- 
servado al sentimiento. 

Era un negro de elevada estatura, a pesar del enco- 
jimiento permanente de las piernas, que arrastraban 
unos grandes zapatos mui viejos, i de su espalda ar- 
queada, jibosa, que parecía conservar la curva que na- 
turalmente adopta el cuerpo, caído durante dias ente- 
ros sobre los banquitos sin respaldo del despacho de 
bebidas del almacén. 

- Había visto nacer a Alfredo i le profesaba un gran 
cariño de esclavo. El muchacho hacía lo que quería 
de aquel gran negro, que, aun ebrio, o alegre, según 
su esprestoñ, gozábase en satisfacer sus caprichos. 

Cuantas vecbs iba a aquella casa a lavar los pisos, lo- 
graba Alfredo hacerle repetir la historia de su único 



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44 A* GIMÉNEZ PASTOR 



amor, una pajina del corazón que solo a él leía Pe-* 
dro. 

Entonces, mediante la promesa de un vaso de vino 
para cuando terminase, purOy bueno i rico! como él de- 
cía con voz fuerte i áspera al beberlo sonriendo con 
los ojos como un buen perro a quien se da un 
sabroso hueso, comenzaba la historia tirándose la ra- 
la i lanuda barba que cubría mal su mandíbula in- 
ferior, interrumpiendo la relación con grandes pausas 
para encontrar la fórmula del pensamiento en su ce- 
rebro entorpecido, la que salía al fin como arrastrán- 
dose, mal espresada por la lengua gruesa i rebelde 
de borracho deseoso siempre de remojarla. 

G)ntaba cómo había conocido aquella linda negrita 
en el candombe^ esa fíesta de los negros hoi desapa- 
recida i de qiie la nueva jeneracion apenas conser- 
va recuerdo, punto de reunión de toda la sociedad ie 
color en sus tiempos; cómo habia entablado conversación 
ofreciéndole un vaso de chicha de maiz que ella aceptó 
ruborosa; i luego, la época del noviazgo. 

¡Oh I {Entonces sí que andaba él como la ¡ente! ^ién 
vestido, bien limpio i, eso sí, siempre fresco; ya no bebía; 
el amor lo habia re j enerado. 

Narraba por ñn el término del idilio: la litida negrita 
abandonándole por un sargento de la artilleria i lleván- 
dose todos sus regalos, vestidos, pañoletas, piezas de 
percal... {ufl ¡la mar! 

Pero era mui linda la bandida! I al recordar su belleza 
conchiía siempre con un suspiro i aque lia frase indispen- 
sable, sin la cual no se concebía la historia ni la heroína» 



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EOS CUATRO "vintenes" 45 

Única flor de su lenguaje enrevesado i pobre; 

—¡Allí ¡No me hagan acordar de aquella voz tan me- 
lodiosa I 

Entonces Alfredo que salo pedía la historia para oír 
esto, echábase a reir a carcajadas: porque, verdadera- 
mente, saliendo de entre los labios negros i caídos dé Pe- 
dro, pronunciada con voz aguardentosa i fuerte, la frase 
provocaba inevitablemente la risa. 

Ahora Alfredo no reiría ya más: estaba por siempre 
mudo, i Pedro, de pié en el corredor, miraba aquel cuar- 
to en que había agonizado. 

La puerta abierta de par en par, como para que salieran 
por fin todos los suspiros, todos los zollozos, todos los 
dolores acumulados en él, dejaba entrar ampliamente 
et aire purificador de aquel dorado día de Otoño, qué iba 
a sustituir al ambiente envenenado de aquella larga no- 
che de agonía i tristeza. La luz lo inundaba, bañando la 
cama despojada ya de cubiertas i jergones^ que aireaba 
impasible su esqueleto de hierro; en la pared, a la cabecera 
del lecho, una imájen de la Vírjen, dulce guardiana del 
sueño de Alfredo, se había quedado sola contemplando 
aquella desnudez del cuarto arrasado, vacío de todos 
los objetes que presenciaran en la noche triste de la 
desgracia la enfermedad i la muerte del niño. 

Una gran mancha de sol se'proyettaba en el suelo. 

Pedro habia entrado a esta pieza pocos dias ánté$ i 
atín estaba en ella el niHo Alf rédito como él le llamaba 
dándote aquel tratamiento de respeto cariñoso que se im- 
ponía a los antiguos esclavos. Ahora el niño ya rio vivía, 
i esta idea, ocupando entero su entendimiento, mui limi- 



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46 A. GIMÉNEZ PASTOR 

tado para abrigar esas reflexiones que son a la ver consue- 
lo i dolor; esa sola idea, la misma siempre, le mortificaba 
como si le barrenase el cerebro, por que era la primera 
sensación de dolor continuada con igual intensidad, con 
la misma fuerza de la primer punzada. 

— '¡Qpé lástimal Era ya un hombrecitol 

Él sacaba todas las edades tomando por punto de rela- 
ción la fecha de la Guerra grande, esa célebre lucha en 
que fué actor cuando joven, hecho este de que soHa jac- 
tarse como de los demás de su carrera militar, ahora que 
solo servia para lavar pisos 

'^[Yo pelié con (bn Frutos! decia con orgullo refirién- 
dose al jeneral Rivera. 

I considerando la posterioridad del nacimiento del 
niño con relación a aquella fecha, sacaba la edad aproxi- 
mada. 

—¡Iba pa quince anos! {Era ya un hombrecito! volvió 
a repetir. 

Pedro había estado cerca casi desde el comienzo de U 
enfermedad. 

Llegaba un poco alegre, cuando el silencio de la casa 
le advirtió que algo ocurría; i cuando supo la causa 
sintió una especie de remordimiento; no era bien que 
estuviera él alegre cuando el niño Alfredito sufría. Le 
dieron ese dia cuatro vintenes i los guardó para tomar unas 
copas cuando sanase, jurando no hacerlo antes. 

Alfredo estaba mui mal, d ¿veras; Pedro pidió tímida- 
mente permiso para verlo i se acercó con religioso res- 
peto a la cama. 

—¡Niño!. . . murmuró. 



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LOS CUATRO "VINTENES*' 47 

El enfermo no pareció verlo. Con los ojos muí abiertos, 
enormemente dilatados i sin mirada, hablaba i hablaba 
muchas cosas^ horribles, alegres, de todo, oscurecida ya la 
intelijencia por el torbellino del delirio, dejando oir 
con la voz entrecortada un estertor traqueal fatigoso, 
continuo. 

El negro sintió una inmensa tristeza al ver que no lo 
conocía, a él, al viejo Pedrol, i salió en silencio; pero 
desde el corredor seguía oyendo la voz de Alfredo, en- 
trecortada por la fatiga, que hablaba i hablaba siempre, 
hasta que la muerte lo hizo callar. 

I entonces, al verlo muerto, estirado en la cama, el po- 
bre Pedro se acordó de aquellos cuatro vintenes que había 
guardado para alegrarse cuando sanara, i recojiendo con 
fuerza un violento zollozo de niño dijo una sola palabra 
que condensaba todo su dolor silencioso, sin fórmula de 
espresion: 

— /Aía/ haiga!. . . 

— ¡LechuzasI murmuraba con jesto enfurruñado Pe- 
dro, mirando desde la puerta de la cocina las cinco o 
seis mujeres, negras o pardas casi todas^ que a la noche 
habían caído allí sin saberse de dónde, i que cotorreaban 
i reían sentadas en grupo, al calor dt las hornillas. 

Esta reunión de mujeres descocadas e indiferentes, 
sirvientas de los vecinos e in<)uilinas del conventillo cer- 
cano, que aparecen sin que nadie las llame, como pájaros 
fúnebres, sentando sus reales en la cocina de las casas 



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45 A. GIMÉNEZ PASTOR 



mortuorias, allí donde en medio del desorden de la des* 
grac;ia nadie puede incomodarlas, sublevaban al viejo n*^- 
gro, torturado siempre por la idea fija de la realidad sin 
esperanza, vacía i enlutada. La jen.te que estaba allá, en la 
salita de. recibo, correcta, respetuosa, pasej pero éstas!. . » 

Seguía recostado en 1 1 puerta i la luz daba de lleno en 
su negra cara de borracho filósofo bañada con una espre- 
«ion meditabunda por la mirada perdida de su§ ojos lla- 
nos de agua, asomando b£«jo los párpados rugosos 
i blandos que parecían pesar mucho sobre ellos. Solo 
había despegad i los labios gruesos i colgantes para decir 
aquella palabra. 

Las otras no le oyeron, muí entretenidas en su con- 
versación, sin preocuparse de nada, relatando chismes de 
vecindad, detalles de la vida íntima en las casas del barrio» 
todo ello propio para provocar carcajadas ahogadas i dis- 
putas de jolgorio. Habían ido allí a ayudar a la negra sir- 
vienta, i no habia quien se acercara a la sala para 
atender al más leve pedido de los que acudieran a acom- 
pañar en la hora triste a los dolientes. Pero el mate 
corría de mano en mano entre ellas, absorbido i vuelto a 
llenar inmediatamente mientras los bizcochos robados en 
la alacena, i la leche i el chocolate se acababan sin sa- 
ciar aquella voracidad que parecía esciiarse con la con- 
versación. 

La negra de la casa había sin duda conseguido apode- 
rarse de alguna botella i estaba borracha, echada sobre la 
mesa, con los enredados pelos caídos en pequeñas motas 
sobre la frente lívida, i riendo mucho de todo cuanto se 
hablaba; por último dio en hacerse la dormida i quedó 



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J 



LOS CUATRO "vintenes" 49 

olvidada en su rineon, mascullando palabras incoherentes 
i confusas. Las otras, un momento ocupadas de ella, di- 
jeron que aquello era delirio como el del finadito, que 
quizá se le habría pegado la enfermedad, en tanto que Pe- 
dro viéndola así, babosa, repugnante en su embriaguez, 
murmuraba indignado, dos i tres veces: 

— ¡Sin vergüenza! ¡Si supiera la señora!. . . 

I se alejaba a cada rato, a mirar desde la puerta de la 
sala enlutada la cara pálida del cadáver hundida en los 
almohadones, volviendo después sin pronunciar una pa« 
labra a recostarse en la puerta de la cocina; allí era don- 
de, al mirar las sirvientas charlar alegres i bulliciosas, 
despegaba los labios para murmurar con voz reconcen- 
trada: 

—¡Parece mentira! 

Ellas advirtieron por fin su mal humor, i fué éste otro 
motivo de jarana. 

— ¡Qpé serio que está don Pedro! dijo una riendo 

— ¿No quiere un matecito? preguntó otra. 

—Tome un bizcocho. . . 

I las demás las acompañaron con gran bullicio, peroM . 
áspero i triste, rechazó todo murmurando siempre: 

— ¡Parece mentira! ¡Parece mentira! 

Se olvidaba de aquellos velorios de campana en que i 1 
como el que más había jaraneado i bailado, escuchando 
gustoso el rasgueo de la guitarra mientras el porrón de 
jinebra recorría el círculo de los concurrentes entre el 
humo que despedían las velas de sebo i los cigarros en- 
volviendo en sus ondas el cadáver de el anjelito, a veces 
ucbcümpuesto ya por dos o tres noches de esposicion 



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10 A. <»M£N«Z PAS70R 

a pesiar 4e los <;uida4os desplegados con él, leQÍéadolo 
durante el dia en un cuarto fresco para prolongar con > 

$u presencia las divertidas veladasl 

Olvidado de todo esto, ahora le parecía mentira qae ' 

hubiese i^juien riera i pasara alegremente el rato estandc | 

alH al lado el cuerpo de ^l niíie, i seguía deiando res* 
balar de entre sus labios caídos aquellas mismas pala- f 

bras de toda la noche: 
—¡Parece mentiral ¡Parece mentiral i 

Finalmente el cansancio fué disolviendo la tertulia. De 
las mujeres unas quedaron dormidas allí, echadas sobre 
la mesa; las otras se marcharon, i así quedó Pedro sólo 
en la cocina, haciendo de cuando en cuando sus visitas 
a la sala tendida de negro, sumida en inmenso silencio, 
para mirar la cara pálida del muerto, sobre la que hacía 
resbalar sombras inquietas la oscilación de las tembloro- 
sas llamas de los blandones. 



Al otro dia la larga columna de jente toda vestida de 
negro que seguía al féretro salió de la casa trabajosamen- 
te estendiéndose como una jigantesca serpiente en la ace* 
ra bañada por el hermoso sol de Otoño. 

Pedro se encontraba junto a la puerta, en la vereda, 
niás encorvado que de costumbre, con el sombrero en la 
mano. 

Andadas^ s^lgvinas cuadras a pié, se deshizo la fila de 
^rru^jies; oyéronse los golpes de las portezuelas 



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LOS^ dÜitttRC^ «•VttItEifBS" 51 

al cerrarse; cdda daal tomó asientb en él cóchfe elejidb, 
i se puso de nuevo en marcha el convoi. 

Pedro Siguió a pié el acompañamiento, cerca del Carro 
fúnebre que se bamboleaba agitando los plumeros bláiícos; 
detras los coches estendfan en larga fila sus relucientes 
techos heridos por el sol. 

£1 negro, cada vez más encorvado, seguía el iafguí*^ 
simo camino marchando siempre detraS del carro fúne- 
bre, con la cabeza inclinada, fija la mirada de sus ojos lle- 
nos de agua en el suelo, arrastrando los pies, incansable 
cual si fueran de hierro sus piernas encojidas, arqueada 
la^ espalda que bañaba el sol al quemar su traje, tan roto i 
rafdo que parecía verdoso. 

Bnlos coches muchos reían, conversando tálvezde 
cosas agradables mientras se empañaba el ambien- 
te puro con el hum&de cien cigarros fumados cdn íntitña 
satisfacoioB. 

Pedro segoia' caminando con paso igual cerca del 
carro fúnebre. Bn la puerta de un almacén se halla- 
ban varios de sus amigos entretenidos en ver pasar el 
entierro; él no los miró ni detuvo su pasa, peró^ pen- 
só involuntariamente en aquellos cuatro vintenes que 
llevaba aún en el bolsillo i que había destinado para 
tomar unas copas cuanda Alfredo sanase. 

Finalmente Negaron al cementerio, sigttfen^o él 
siempre de cerca el féretro hasta que desa- 
pareció en la oscura boca del nicho; después, cuan- 
do los coches se hubieron deseminado conduciendo 
a los acompañantes, Pedro permaneció u& momento en la 
puerta del cementerio mirando tal vez el carro fúnebre 



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$2 A, GIMÉNEZ PASTOR 

que se bamboleaba allá en lo alto de la calle Y aguaron, 
destacándose con limpieza sus contornos negros sobre el 
blanco cielo luminoso de aquella gran tarde de Otoño. 

Luego echó a. andar. 

Al p&sar frente al almacén en la puerta del cual se en- 
contraban aun sus amigos, oyó que uno le gritaba con 
voz insolente i chillona, voz de negro: 

— ¡Ehl venga, compadre; acompañe unas copas. 

— Nó, respondió con voz insegura, sin mirar; voi mui 
apurado. 

—Hágame caso, amigo Pedro. [Qjié diablo! 

—No, amigo; otro dia, otro día será, murmuró opri- 
miendo en el bolsillo los cuatro vintenes. 

I huyó más bien que se alejó, evitando- la tentación del 
vicio que lo solicitaba vehemente. 

Anduvo así con su obstinada rectitud de sonámbulo 
hasta que, lejos ya de los amigos, se detuvo ante una pe- 
queña tienda, indeciso, animándose a sí mismo a entrar, 
sin duda; luego miró el mísero escaparate un rato, mo- 
viendo la cabeza de arriba abajo, como quien confirma 
una resolución, i decidióse por fin, sin violencia, indi«- 
ferente, lleno de una opaca pasividad de viejo fatalista. 

Probablemente no era casual su llegada a aquel ten- 
duchito, pues al entrar iba mascullando con acento caisi 
irónico unas pocas palabras, en sus labios bien amargas: 

— lSí,/?a cuando sanase!. . . |Sí!. . . 

Entre tanto el cielo palidecía más cada vez, i 3ra solo el 
occidente estaba rojo' como lecho de ascuas. 

Pedro salió luego de la tienda apretando algo en el 
ruin bolsillo, ccmo temeroso de que se lo descubrieran, i 
echó a andar con aquel su paso siempre igual i monó- 



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LOS CUATRO "vintenes" 53 

tono, arraitrando los pies. 

Cuando llegó a su cuarto, un pequeño cuarto de ma- 
dera en el rincón húmedo del gran patio de un conventillo 
en que muchas mujeres sacaban la ropa puesta a secar 
en cuerdas tendidas de un lado a otro, era casi de 
noche. 

1 allí, sólo, en la sombra, cuando se apagaba en la ago- 
nía de la tarde el último rayo de sol^ sacó de su bolsillo 
un pañuelo, un pañuelo con guarda negra, de luto, de los 
que éi no tenía, un pequeño pañuelo ordinario, de a cua- 
tro vintenes^ i cubriéndose con él el rostro estalló en so- 
llozos. 



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Sé Je una historia horrible que no debiera contar por- 
que parece inverosímil, pero que conservo en la memoria 
porque me impresionó vivamente cuantióla oí de labios 
del comandante Lara, un criollo \^iejo de aquellos que 
se rejuvenecen i se les ilumina el rostro quemado i seco 
al recuerdo de las viejas patriadas como si les oreara la 
frente curtida el aura de las cuchillas lejanas» cien veces 
recorridas en los pasados días de lucha i fatigas. 

Fué en una noche de invierno cu mdo contó ésto con 
su voz monótona i aguda, mientras los oyentes mirába- 
mos en la estufa, entre el resplandor de las encendidas 
ascuas de carbón de piedra, vagar de tiempo en tiempo 
una que otra llama azulada, temblona i vacilante que se 
estinguía como absorbida de pronto por el ambiente cá- 
Kdopara reaparecer a poco lamiendo lángrtda las btásas 
al resbi^r pcrciosa sobre ellas. 



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50 A. GIMÉNEZ PASTOR 



Así, solo clareada la habitación por aquella luz inde- 
cisa, la cara cetrina i enérjicamente plegado del coman- 
dante, con sus cuatro puntas recias de bigote indíjena 
aparecía de repente en la sombra evocada por una llama 
más viva al brotar entre dos pií dras negras, iluminándo- 
la desigual, por intermitencias, como con esrupidas de 
luz que dejaban ver su mirada perdida i vaga, cual si le- 
yera en la vieja pajina de los recuerdos aquel relato 
estrano. 

Era en tiempo de guerra, allá en los dias de revolu- 
ción: una de tantas como conservan la Historia i el re- 
cuerdo. £1 comandante mandaba a la sazón su pequeña 
partida, levantada al primer envite, i con los que la for- 
maban presenció en las ultimas horas de una noche de 
Otoño fresca i tranquila la escena de que se trata. 

Caminaba la partida en silencio, evitando llamar la 
atención aunque ningún indicio advirtiera la proximi- 
dad de jente, por aquello de que en tiempo de guerra no 
conviene hacer ruido más que con las armas cuando se 
llega el caso; los caballos, ya acostumbrados a las mar- 
chas silenciosas, avanzaban recelosamente, con el pes- 
cuezo estendido i las orejas tiesas, sin hacer crujir los 
arneses siquiera mientras aquella masa oscura ondulaba 
muda i sombría en la noche muriente. 

Así empezó a internarse en un pequeño monte cuando 
el cielo iba tomando un tinte violado, nuncio de la auro- 
ra, i el Oriente tornábase ya pálido. 

Un ruido estraño sorprendió de pronto a los hombres 
de la partida, próxima a desembocar en un claro del 
bosque. 



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MADKUGADA LÚGUBRE 57. 

£i conianddnte kiio detener a sii i^^e' can un breve 

"■•«'■■-.'• 
íidenian, shi volver la cabeza atrás, i todos clavaron con 

curiosidad una mirada investigadora en el lugar de 

donde partiera el ruido. 

Allí dos 'Quitos agrandados por la sombrii ejecutaban 
•estranos Movimientos, ora confundi<3os en una sola 
miasa negra que rodaba por el suelo haciendo crujir las 
ramas muertas, borrados los contornos hasta parecer un 
•animal blahduzco, ora irguiéndose un irstante en que 
permanecían inmóviles, frente a frente, para precipitar- 
se de nuevo uno sobre el otro i caer revueltos como pre- 
sas de un encarnizamiento sañudo que provocaba la fati- 
gosa sensación de jadtío i opresión que pesa sobre el pe- 
cho en las noches de pesadilla. 

De allí, de aquel montón negro animado salían los 
ruidos que sorprendieran a bi partida; ladridos o brami- 
dos broncos que se perdían rodando lúgubres en la sole- 
dad misteriosa del bosque oscuro . 

La escena era singularmente estraña desarrollándose 
en el lejano claro de un bosque solitario, ai caer la ma- 
drugada triste de una noche de otoño, ante una partida 
vagabunda que inmóvil, endurecida la carne de los ros- 
tros curtidos por el cieizo cargado de rocío, miraba mu- 
da desde la sombra, dominados todos pot la vaga inquie- 
tud del misterio. 

El comandante resolvió esperar la aurora para saber 
loque aquello era. El día iba a nacer pronto. 

Hacia el oriente el cielo se entreabría en una amplia 
«spansion de claridad suave, transparente onda de luz 
amarilla coflüoredejo de oro pálido luminoso i tranquillo, 



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58 A. GlMiiNEZ PASTOR 

sobre la que descansaban gruesas i pesantes nubes gri- 
ses, inmóviles en la atmósfera serena; cerca del zenit 
aquel tinte amarillento se desvanecía en un blanco lecho- 
so cu)'a lividez sin brillo iba oscureciéndose hacia cI 
occidente, al pasar insensiblemente del vio lado oscuro 
al azul de acero, profundo i frió, para perderse entre 
las sombras lejanas del horizonte. 

En tierra un vicntecillo lijero i fresco corría travieso 
estremeciendo el ramaje que empezaba a susuriiar discre- 
to i tímido. 

La partida permanecía siempre inmóvil, solo interrum- 
pido de cuando en cuando el silencio en el grupo por el 
timbre metálico de un freno tascado por algmi caballo im- 
paciente, mientras en el clr^ro seguí.-.n ajitándose las 
formas negras, incesante aquel gruñido áspero, espanto 
de ios primeros pájaros que revoloteaban inquietos sobre 
el grupo, sorprendidos en su salutación matinal de todos 
los días. 

La ai rora llegaba. El matiz amarillo canario del 
cielo era ya más resplandeciente; las nubes grises del 
oriento eran ahora amarillentas también, i el primer al- 
bor vestía de nácar rosa los contornos de los grandes ló- 
bulos inmóvilesen el espacio, mientras el tin^e gris ace- 
ro del horizonte cambiábase en violado luminoso, i to- 
do, los árboles, la hierba, los colores i ios perfumes sa- 
nos del campo respondían a esia solemne evocación 
de la mañana. 

Entonces la pálida claridad del alba dejó ver claro el 
misterio del bosque i los de la partida ahogaron una 
esclamacion violenta de salvaje estupor. 



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MADRUGADA LÚGUBRE 5q 



Ernii dos hombres. 

Miicilentfs, espectrales, enflaquecidos hasta la dema- 
cración, con jirones por ropa ya, se revolvían allí, mor-? 
ciéndo^e con uní cstrañn voracidad. 

Aquellos movimientos singulares que vislumbraran 
en la sombra los hombres de la partida señalaban, pues, 
los incidentes de una lucha atroz que se libraba quizá 
hacía mucho tiempo en U desamparada soledad del wiow- 
//? lleno de misterio.' 

Estenuados por la debilidad, sacudidos por un paroxis- 
mo que los Ijacía temblar, enteros, los dos hombres lu- 
chaban siempre; con los ojos sanguinolentos i. vidrio- 
sos conK) los de los muertof, sin mirada ni espresion, i 
el recio pelo como trizado, se erguían de pronto sobre 
las rodillas para acometerse nuevamente, presas de una 
repugnante avidez, i, precipitándose uno sobre cl otro 
rodaban abrazados, mezclados los miembros, mordiéndor 
se i despedazándose con dientes i unas, p:na volver a 
erguirse con la mirada torva, enlodr.dos i manchada de 
sangre la carne lívida de los descompuestos rostros. 

Entre tanto ladraban o rujian sin cerar, conio ani- 
males, enronquecidos, temblando enteros siempre; uno 
de ellos tenia un ojo horriblejnente siiltado^ que miiaba 
a un costado coa su oblicua mirada fija de zozobra irri- 
tada, i el otro, contraída la boca sangrienta por un 
jesto de avidez brutal, rechinaba los dientes babeando 
como un perro. 

Los soldados, ptwíiídos de todo el horror de 1 1 esce- 
na, comprenJierttÉi fronto aqjcl estraño succs:;, liirado 
a otro de elioi bi-ín conocido. 



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6o A. GIMÉKEZ PASTOR . 

—Los do h estancia de Lares,— dijo uno. 

Venían de ella i tenían toaos noticia del asalto in^ 
lentado poco tiempo antes por dos tnaireros que rechaza 
con un ataque de escepcioiial ferocidad uno de los^ 
perros que hubo que matar hidrófobo al otro dia. 

Aquellos hombres estaban, pues, rabiosos. Mo»"dido!y 
por el animal qae los reehayara de la esíanciá, la atroa: 
ira se les había declarado V en la soledad, lé)Os de todch 
testigo, i era aquél el fin de la ignorada trajedia. 

Sacudiendo el horror que a todos tenía suspensos v 
jadeantes, dijo de pronto el comandante decidiendo el 
término de aquella espantosa agonía; 

—¡A ver! I>os tiros a la cabeza />fl que dejen de pe- 
nar así. 

Dos hcmb-rcs prepararon las armas en medio del so- 
kmnc silencio, i la doble dctonaciON esvalló en la cai'- 
ma<de la pnimcp hoM del nuevo dia. 

Después de esto la partida siguió^ su marcha^ inme- 
diatiirr.eHite i a poco desapareció ondulando siienciosa 
entre los árboles^ mientras allá en el claro quedaban los- 
cuerpos demacra«úos, lívidos i sangr-entos de ios muer- 
tos,, mirando con sus vidriesos ojos uiui abiertos al cie- 
lo ya aaul,. bañado* poF la primera claiidad í\c la amrora,. 



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» A la "Sitiera Mana Z» 
ie fíarley, Ja amable Mi- 
rianí de los cuentos seth- 
tidos. 



«Luis míoí 

»Esta carta es la última que te escribo, pero no me 
hagas cargos, por Dios te lo pido. Tú no sabes lo que 
sufro, lo que me cuesta escribirte hoi; pero he preferi- 
do decírtelo de una vez porque, bien lo sabes, no pue- 
do disimular. 

»Sucede que el momento tan temido llegó j'a. Me 
casan, i esto no tiene remedio. He luchado, te lo juro, 
he luchado mucho, pero en vano; papá ha sido inflexi- 
ble, í adivinando que quería a alguien, que aquello era 
arrancarme algo del corazón, sin querer oirme, sin 



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A2 A. GIMÉNKZ PASTOR 

querer snb r nada, sin permitirme pronunciar tu nom- 
bre, me ha sentenciado, porque esto es una sentencia. 

»Es precise,— me dijo, — i lo que es preciso hai que 
hacerlo; por i tra parte, yo te conozco bien i calculo que 
el que hoi te rebela contra mis deseos ha de ser algún 
muchacho de n)cda, muy enamorado, sí, pero sin fortuna 
ni porvenir ni otra cosa que su linda cara, i es n^'cesario 
que sepas que la elevada posición social que P'.is aíiines 
te han dado, si bien concede gnindes prerogativas, impo- 
ne, en cambio, grandes deberes. Renuncia, pues, a deso- 
bedcceime; confia en la esperiencia i en el carirto de tu 
padre, i ten la seguridad de que una vez eso pasado, me 
agradecerás este disgus:o que mirando por tu bien te 
doi.» 

Dicho esto con un tono que me hizo comprender que 
sería inútil hablarle i suplicarle, conociendo que al decir- 
le que tú, que el que quiero tanto es un simple fotógra- 
fo, no me hubiera permitido seguir, decirle qué circuns- 
tr.ncias estrsordirarias te han llevado a ejercer ese oficio 
modesto, a pesar de lo que eres; conociendo todo esto 
he Ciliado, vencida i desesperada. 

¿Qiié qucrias que hiciese? 

Todo ha concluido, pues, pero no dudes de mí, te lo 
ruego, Luis. Te juro por la Víijen que solo ante la vez 
de mi padre que es bueno i me quiere tanto, he podido 
ceder, pero sin olvidarte ni sertj mfiel, te lo juro! No n)e 
acuses, por Dios, Luis; mi situación es horrible. Todo 
estaba arreglado ya, como en todos los ma rinmnios de 
conveniencia, i todo se hará pronto, en seguid.i, con pre- 
testo del viaje imprescindible del que ha de s.t mi mari- 
d >. . . .el m:irus de la s-.Mn.ni.i ijUí viene! 



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LLANTO EX LA LUZ 65 

Si tú vieras cómo lloro i\\ escri:>ir yo misiva esto, 110 
te enojarías conmigo, porque te asegura que no pu'.'do 
más. 

Un solo i triste consuel > mt; queda, un consuelo do- 
loroso i que sin embargo ansio con toda el alma. BI lunes 
me llevan a retratar, con mi tr;ije tie novia ya! I mi úl- 
timo rt- trato de soltera que quieren conservar, ¡Dios mi-^ ! 
has de sacarlo tú! Mamá sin saber, sin conocerte, ha ele- 
jido la mejor fotografía, que es la en que tú estas, i yo 
he aceptado para poder verte una vez má ., una, siquiera; 
la última! 

No vengas, pues, a verme esta noche, porque s'ifro 
horriblemente i nu podría soportar tu presen :ia, te lo ase- 
guro. Espera al lunes, i no maldig;s tantos dulces recuer- 
dos de felices momentos que ahora me hacen llorar tanto, 
tan feliz, tan dichosa como he sido con tu amor. 

Te juro otra vez i cien veces que te querré siempre 
igual; tú no í^lvides a la que tanto, tanto te quiso. 

Luis de mi alma, por última vez, adiós. . . . Llora un 
poco por mí como ahora llora loca, desesperada, tu 

Erna.» 

Esta carta, larga i llorosa como esos abrazos de despe- 
dida que no .icaban, la recibió Luis Can'ilo allá en el chi- 
ribitil alto de la fotografía; i dejando sus placas i pinceli- 
Ioj se puso a leerla envuelto en un .lindo rayo de sol que 
hacía hervir oro con la lenta ascensión de inquieto-, ct- 
púsculos en su faja de luz estival. 

La leyó hasta el fin, como quien btíbe en sileiicio un 



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64 A. GlMliNC/. PASTOU 

veneno hasta la última gota, temeroso de hacer un movi- 
miento que haga sentir más el amargor de la infame be- 
bida que va entrando, entrando lentamente, fría primero 
como contacto de serpiente, abrasadora luego como 
íiliento de horno que quema las mejillas llameantes de 
bo: horno, 

¡Qpé! ¿Qixé decía squel papel? Era cosa de volverse 
locol 

Dj pronto, cuando nías ajeno estaba de ello, toda su 
visión de nubes rosadas, visión cariñosa c^mo nido.de 
amores se desvanecía, se apagaba instantáneamente una 
luz en su alma i quedaba a oscuras en un lago de hiei 
negra, frente a una llanura árida, sin horizonte, vacía ante 
él, i vacía más allá, i más allá i más allá siempre, en todo 
lo que el pensamiento alcanzaba a figurarse. 

^Qj-ié iba a hacer él de su vida sin objeto, en aquella 
soledad desesperante, dolorida la cabeza por el estrépito 
de tantas ideas como estallaban en su cerebro sacudido 
por ese golpe brutal de maza invisible? 

Su novia se casaba dentro de och3 dias rompiendo con 
un ingrato estallido de cuerda que se rompe, la nota in- 
finita de su idilio; todo estaba pronto, todo decidido, i él 
quedaba solo, abandonado pan mirar desde la oscuridad 
las luces de la fiesta nupcial 

Sobrevino el arranque de ira desesperado que el latiga- 
zo del desengaño provoca; i mordiéndose los puños desa- 
hogó toda la í^critud, toda la amarga ironía que le borbo- 
taba en el alma, preñada de reproches punzantes de 
amante pobre. 

Aquella infamé mentía, mentía i mentía imbécilmente, 



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LLANTO EN LA * LUZ 6$ 

procurando engañarle como a un tonto, como a* uh pobre- 
mozo qne hai que consolar, jurándole amor. 

QXíé amor ni qué nadal Allí lo que había era negocio, 
negocio i negociol 

]Claro! £1, un pobre fotógrafo, ella de la alta sociedad 
del gran mundol 

¿Pero no era acaso él tan de eso que llaman gran munr 
do como cualquiera? ¿no era allí donde habia conocido a 
esa Etna que ahora le volvia la espalda, i no lo sabía 
ella bien, pedazos de imbéciles todos? 

La argumentación no era nueva, ciertamente, pero al 
pobre Luis se le desbordaba con toda la rabia que levanta 
la injusticia. 

Era un exilado voluntario. Su padre, jugador febril, se 
arruinó completamente sobre el tapete, i él, enamorado 
de Erna, decidió recurrir al trabajo para hacerse capaz de 
poseerla, encontrando un especial placer en aquella abne- 
gación romancesca que le ennoblecía, contento de ganar- 
se la vida aprovechando sus aficiones de fotógrafo de 
salón, que muchas veces le merecieran elojios de tantos 
que después le miraban con cierto desden hacer de su 
habilidad un medio honroso de vida. 

La joven elejida, lo bástante intelijente o lo bastante 
enamorada, no vio en esta decisión sino una prueba de 
amor; i el idilio siguió con todos los encantos del misterio* 
Se hablaban por la ventana, como Romeo i Julieta, dedu- 
cida la escala de cuerda, i allá se las a*'reglaban ellos para 
verse cuantas veces se presentaba propicia la ocasión. 

reliz con sus amores, el pobre Luis Gantilo no estaba 
ni mucho menos preparado al desengaño que Tegaba a 



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66 I A. GIMÉNEZ PASTOR 



golpearle tan rudamente, i tras la ira vino la desespera- 
ción. 

^Se casa,— decia como pasmado, con esa tranquil idad 
inconsciente de los alelados por un sacudimiento inespe- 
rado.— Se casa, i me jura amor, i me dice que. . . . Pero 
¿cómo vói a creerle yo todo ese fárrago de mentiras? La 
pierdo, la pierdo, no hai níásl. . . . 

— Pero'Úios, DíosI— >clamaba estrujándose el pelo.— 
¿Acaso hubiera sido mejor que yo, arruinado por las 
pérdidas de mi padre en él Club, precisamente, en el 
templo del gran tono, me hubiera hecho tramposo, o 
ladrón, para sostener, como tantos, el rango de elegan- 
te en vez de apro^^echar mis aficiones para trabajar hu- 
mildemente como un hombre de bien, para reconquistar 
mi puesto dignamente? 

Luego tras fugaces ideas de venganza viniérpale a la 

mente. las imáj^nes dulces, les recuerdos gratos de que 

^ra ya dueño el pasado; i con la garganta oprimida i |os 

, ojos húmedos empezó a. dejarse mecer por ellos como 

, niño enferrna 

Tan buena, tan .cariñosa, tan dulce que habia sido 

siempre con- él jaquelia mujer!- Los deliciosos momentos 

; que habfa pasado junto a . ella,: conversando • en la venta- 

•> tía, estrechiodole-.a cada rato las manos pequeñitas; los 

' éxtasis de placer que esf erimentaraal despedirse, cuando 

ella le acercábala mejilla -sonrosada tsuave. como eátis 

de in jel para que él la besara en silencio* tocando sus 

rizos castaños, aspirando el perfume todo de su juventud 

en la eterna noche tibia de los. amores ocultos! 



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LtANTO. BN LA LUZ 67 

Contra todos SUS esfuerzos se Je velabin* los ojos ¡la 
tirantez en la garganta era ya dolor. 

Todo aquello había concluido; ahora no había para él 
ni manos. espresi vas, ni miradas de terciopelo, ni mejillas 
frescas, ni obesos largos en la eterna noche tibia, de los 
amantes; nada sino la llanura ^rida i n^gra, vacia como 
la muerte, sin un destello, sin una ñor. 

La perspectiva^ de su tiempo sin objeto, la idea de que 
ya no te ufa para qué esperar la hora de la cita, que esa 
hora de amor sonaría en adelante no ya para llamarle a 
la felicidad, sino para recordarle con el eco lejano loque 
había quedado . allá en la estela del tiempo pasado,, los 
amores desvanecidos, las imájencs esfumadas de la dicha 
que no vuelve, todo llenaba su espíritu de intensa lobre- 
guez crepuscular. 

I oyendo sonar en la imajinaciou aquella lánguida 
campana de lejanía que llama tan tristemente los recuer- 
dos, ensombrecido todo su ser como por brumaje de tar- 
de de invierno por la idea de que ^os vínculos dulces 
estaban rotos, de que ya no era nada para ella, deque 
no volvería a verla enamorada, esperándolo feliz, estalla- 
ron por fin en su pecho los sollozosxomo una tempestad, 
i rompió en un llanto sin consuelo de niñO' triste^ en ^^un 
llanto abundoso que lo sacudía violentamente con- sin- 
gultos incesantes, i as^ estuvo llosrandov largo rato, cómo 
ella se lo pedía en su carta, con tantas ganas- como iio 
había llorad* nunca: . . . . .- • 



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68 A. GIMÉNEZ. PASTOR 



11 



Fueron aquellos ocho días de esos que envejecen a un 
honíibre. . i • • . • . 

Acosado por la obsesión . d« su desgracia que le roía 
los sesos, él pobre Luis Camilo pasó boras infernales en- 
tre sus placas, liialo'^ incomodado -por todo, teniendo 
qué acariciar rabioso con el pincelillo de los retoques 
aquéllos suaves 'rostros de niujereS' bellas, todas sonrien- 
tes; todas felices, que se retrataban sin duda pensando en 
la tarjeta destinada al novio¿ a los novios dichosos que no 
sufrían como él el tormento del desengaño humillante. . 

I cuando alguna' evocaba en el papel la imájen dulce 
de '^ü éx-novia; iba poniéndose nervioso, más ixrtús ca- 
da vbz hasta concluir en un acceso que le obligaba a 
abandonar él frabajd' i pasear de un lado n otro el chiri- 
bitil de retocar como fiera inquieta, devastándole el cere- 
bro un .turbión de pensamientos dolorosos como pun- 
¿adaá.. - ; - ^ < . - 

• Pero lo peor venía después del traba jo, cuando la no- 
qhe' tibia i^fcrfumada lé traía en el aurg suave el^recuerdo 
de sus tantas :entrevistas amorosas. Entonces era el mo- 
mento de -las melancolías hondas i negras, de ios desa-' 
lientos absolutos que le dejaban una gran-sensacion de 
vacío, haciéndole vagar de un lado a otro lentamente, 
como quien arrastra por las calles un cuerpo sin alma, 
abatid© por lá inutilidad de su estraña vida sin objeto. 



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LLANTO EN LA LUZ 69 

Por que ¿qué esperaba él ya? o más bien dicho, ¿por qué 
había estado esperando estúpidamente aquella hora ñja 
que al sonar por fin iba a recordarle que nada tenía 
que hacer, que las citas habían concluido para siempre, i 
* que era tiempo de retirarse al cuarto vacío, dejando can- 
tar solas a. las estrellas su himno pálido de mundos lejanos 
embellecidos i animados por la atrevida poesía delamqr? 

Dominado a ratos por ridiculas esperanzas de niño so- 
ñador, muchas veces sintió grandes tentaciones, de.acer- 
carse un poco a aquella casade Erna que antes no hubiera 
podido pasar un dia sin ver, pero reprimiéndolas, enoja- 
do en descargo del amor propio que también levantaba 
su cabecita audaz de cuando en cuando, resistió a hacer 
de mendigo de amor, gozándose en vagar lejos como ani- 
mal castigado. . 

Todo ello fué por fin resolviéndose en esa altiva seve- 
ridad ascética de los amantes desdeñados, que una mirada 
puede liquidar en lágrimas como un rayo de sol liquida el 
hielo, haciendo caer de rodillas al fiero, juez de dos nii- 
-nutos antes. 

— La pobre se digna consolarme, sin duda compadeci- 
da!. . . ¡Pues voi a darle yo compasiones! Ahora me toca a 
. mí. jAh! Verá, verá! Mañana viene a retratarse con su ves- 
tido dé novia, con ese traje que la arroja en br.azosde otro! 
Yo me voi a enloquecer, pero no importa; le mostraré 
que no necesito su compasión, que no creo nada^ que he 
conocido su infamia i que no me humilla ni me estruja ni 
me desespera! ... 

Aquello le- consolaba; el pobre amante dcsdeñí^do liabíu 
resuelto por fin la venganza del desdeñóla de todos las 



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70 A. GIMÉKEZ PASTOR 

enamorados altivos,! en su triste situación constituía tal 
pensamiento su ünico^placer doloroso. 

•«-Eso es; eso-es . • . repetia acentuandonervioso la die- 
cisiotí;— una sola mirada, una sola, pero tal que vea en 
ella todo el desprecio, toda la altivez herida: que me. hacen 
escupirla a la cara mi desden. « . ¡Ah! Ya verá [lo que es 
mauana!. ... - 

Por desgracia estos arranquesi de ener jia no duraban 
mucho, i los recuerdos gratos, la imájen de la mujer suave 
que había sido con él dulce,: cariñosa .i buena, la idea de 
que no había de ver ya>cerca de sus labios aquella mejilla 
deliciosa, blanca con^o plumilla de cisne, todo.vini^ido 
sobre él acababa por enternecerlo de nuevo huraedecjéa- 
dole los- ojos. ... ... 

Entonces, ya tarde de la noche, con la.garganu apre- 
. tada, débil como todos los doloridos, concluyó por sellar 
su.ñrme .propósito con una lamentable- concesión de^su 
.amor propio a su debilidad atormentada i vencida. 

-»-|Parecementira!-?-dijo lleno de la última, tris^e2a,T»- 
Todo se acabó. . . cómo hadeser! Me ha engajiadp mise* 
•rablemente,pero si no. me muero esfajioche, mañana. . . 
Una sola mirada,* pero que la .cubra de desprecio. , . {Q^é 
frió atroz siento..... Esia debe. ser nervioso; Mansina, 
.mañana. . . .«Mientras tanto, ahora que. nadie me ve,-. vai 
a llorar un poco, un raiO'SÍquieratranquik>. » •> 

in ' 

i Horas terribles las que pasó. Luis aquehdia de$de.4^ue 
despertó vencido por un desaliento infinito dje descpnso^ 



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LLANTO EK LA, LUZ 



hdo sin esperanzas, tal como debe ser el delreoqué vuel- 
ve ala horrible realidati de su cercano íni después- del 
sueño en la capilla, hasta, que llegó el terrible momento 
del ultimo encuentro con su perdida, novia. Él se repetía 
acadainsitantequeno era posible volviera a pasar ea su 
Vida' horas tan crueles como a<]uellas. 

Todo el día, en medio de una nerviosidad alarmante 
la» ideas estuvjeron- chocándose, jirando, volteando. en su 
cabeza* aturdida, como fantástica bandada de brujas r.rras- 
rradas por ei vendabal del aquelarre. : » 

Ora eran -■ las ilusiones de desesperado que le 'murmura- 
ban al oido insinuaciones. gratas diciéndole que aquella 
mujer no: podía haberle olvidado, X)ue las horas de amor 
no podian haberse borrado de su memoria, que a pesar 
de todo tenía que. ser suya, suya sola. .... 

Ora era la lójica cruel de los irritados que le priesentaba 
ia evidencia del engaño j patentizada pordar^ilta de recur- 
sos que auna ntujerenamoerada nunca faltan para evitar 
tin t«l dolor al que quierecon aquella .pasión: da todas las 
heroínas amantes que vagaban como imájenes de sueño 
rosado t anteisus ojos, desvaneciéndose luego enda bruma 
de negra amargura que le inundaba, evocada px>r losperfu- 
níies voluptuosos- de la-noche de Ver ona; 
- Asíseleiba la iraajinacion-poc esos espacios jdonde; sé 
)ira amplio i de 'dondese vuelve triste;. 

•^Vftfñosl pesque voi a llorar otra vez? 

Tal era 1»- esclamacion de rabia* que a cada vuelta de 
estos viajes de la fantasía enferma • le arrancaba su debili- 
dad escttada por aqu'eUir ioyasion decisiones dulaes,J de 
allí noisatía. . / . .. . 



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72 A. GIMÉNEZ PASTOR 

Verdaderamente era un caso doloroso; ver a la itiujer 
le los ensueños por ultima vez, i verla en una hora negra 
así ataviada con el blanco vestido, con el velo blanco i la 
corona de blancos azahares, tal como sus ilusiones de feli- 
cidad se la ofrecieran en la noche grande de la soñada 
unión! 

Los lamentos pueriles i vulgares .del eterno amante ol- 
vidado le saltaban a los labios, con la misma vieja ironía 
inocente de siempre. 

— Qpe vo tenga que sufrir así por ella; por ella qutí no 
ha vacilado entre un hombre que la adoraba como nunca 
se ha adorado a mujer alguna, i otro que en cambio le 
ofrece riquezas i lujo i !. . . ¿Pero no es esto una crueldad 
inaudita? Traérmela así vestida con el traje de boda, lo 
que nunca se hace, c^mo si quisieran a propósito despe- 
dazarme? 

Entre tanto las horas de un dia resplandeciente, que 
arrojaba con rejia exhuberancía una gran espansiori de 
luz de oro sobre la ciudad, transcurrían tan tranquilas. cor 
mo siempre, marcando las diversas etapas de la actividad 
diaria bullente abajo con el traquear de los carros i el 
cascabeleo de los coches de trauvía. 

Pero ni el entusiasta himno azul de un amplio cielo 
bri lame, ni la alegría del rico sol primaveral en las azo- 
teas, que desde el cuarto alto de retocar se veían limpitas 
i doradas, hallaban eco en el espíritu agotado del joven 
fotógrafo, pobre artista de la luz que la luz denunciaba 
aquel dia marchito por el insomnio i ajado por la inquie- 
tud, dirijiendó de pasada una ojeada i una sonrisa triste 
ai espejo, al verse así en él tan interesante^ digno casi de 



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LLANTO EN LA' LUZ 73 

reccnquistar con la palidez Irájica de su cara dolorida el 
amor de la criatura esquiva en la última entrevista ya 
cercana. 

Miró el reloj por centésima vez; eran las cuatro i no 
llegaba aún. ¿La causa de aquel desesperante retardo? 
Probablemente el tiempo escaso para ataviarse, para po- 
nerse mui hermosa. ..'coníu traje de novia! ¡Todo tan 
ártiargo aiquel dia! 

Sin embargo; faltaba poco para el momento decisivo. 
Cañtilo se irguió de pronto trémulo; al vibrar el timbre, e 
inmóvil i suspenso quedó escuchando: voces eñ la escale- 
ra que el eco devolvía ahuecadas i sonoras; elmürmuUo 
de fruición de un vestido de seda amplio i pesado. . . era 
ella por fin. 

Atolondrado por el entrechoque de mil ideas que em- 
pezaron a jirar vertijinosamente en su cabeza; palpitando 
entero sacudido por los ajitados saltos del corazón que 
parecía llegarle a la boca; casi ahogado por la sensación 
de sorpresa que le helara de pronto llenándole de fuego 
la cara después, Cantilo estuvo a punto de perder toda 
noción de sí. 

La imájen dulce de cutis de cisne i la dura mirada de 
desprecio volvieron a encontrarse frente a frente i breve 
rato luchí ron inquietas, hasta que una voz llamó desde 
abajo. 

En corto instante de silencio todo un mundo pasó rá- 
pido por el alma doliente que temblaba allá en el chiribi- 
til de la azotea, i por fin otra voz recia descendió di- 
ciendo : 

-|Voi ya! 



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74 A. GIMÉNEZ PASTOR 



IV 



Cuando entró a la galería ella estaba de frente a la 
puerta, i Iüs ojos de Luis encontraron ante sí de primera 
el rostro bello e injénuo de vírjen joven que era su ob- 
sesión de encanto. En una sola ojeada, instantánea como 
relámpago, abrazó la gracia de los rizos castados, la sua- 
vidad de pétalo de las mejillas un tanto pálidas, la aurora 
de los ojos i la morbidez de la barbilla. 

Como cegado por los reñejos de plata de la falda de 
raso, bajó la cabeza i sin ocuparse de los padres que a su 
entrada se volvieron dejando de mirar los retratos de la 
pared, brutal como todo celoso, empezó a combinar las 
luces corriendo i descorriendo con brusquedad las corti- 
nillas. 

{Señor, i qué divina estaba! Cantilo no supo a ciencia 
cierta si había sido lo bastante dura su mirada, pero adi- 
vinaba que ella lo estaba mirando con dolorosa ansiedad, 
i se repetía interiormente: 

—jSufre, sufre como he sufrido yol ¡Sufre mucho, que 
eso me consuela! 

Débil i malsano era el consuelo. Atolondrado i torpe, 
no sabía lo que hacía coíi cortinas i accesorios, movién- 
dose como un autómata descompuesto, mientras la niña, 
quizá para evitarle el tormento de hablarla, se sentaba 
tímidamente frente al aparato, sin esperar una indicación 
brutal. 



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LLANTO EN LA LUZ 75 

£1 padre era el que lo miraba estrañado, reconociendo 
en el modesto fotógrafo al aristocrático aficionado de 
otros tiempos. Pero ¿qué le importaba ya a Cantilo de 
todo eso? 

Habta llegado el momento de arreglar la postura i el 
corazón quería saltársele por la boca. ¿Iba a tocar aque- 
lla cara suave i delicada que se había sonrojado con sus 
besos? ¿iba a mirarla otra vez? ¡Ko, qué! Era lo mejor in* 
dicarle tan solo la posición, i con voz ruda, como de obre- 
ro sin alma, sin delicadezas, como lo habían querido ellos. 
¡El ya no era un personaje del gran mundo! . . . 

I repitiéndoselo para empaparse bien en su vulgar iro- 
nía de amante pobre dijo secamente al ocultarse bajo el 
paño negro de la niáquina. 

—Un poco más inclinada la cabezal Así, i quieta. 

Momentos horribles fueron aquellos; en el silencio 
profundo de la galería gritaban dos corazones sometidos 
a igual tormento, i nadie acudía, nadie venía en su so- 
corro, nadie escuchaba aquel grito agudo de último 
momento! 

—¡Pronto! dijo por fin el joven cubriendo el lente. 

Había concluido, e iban a separarse. 

Entonces, ante aquella idea Luis sintió ñaquear su ener- 
jía; entróle una irresistible comezón de mirarla una vez 
más, una siquiera a su dulce Erna de otros tiempos; aque- 
lla había de ser la última mirada i los ojos sentían la fu- 
riosa atracción del peligro. La adivinaba embellecida 
hasta lo sublime con su mansa dulzura de ovejita, i un 
instante cruzó por el cerebro veloz i peligrosa la idea de 
una locura: arrojarse sobre ella i cubrir de besos aquellas 



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76 A. GIMÉNEZ PASTOR 

mejillas de pétalo de azucena^ saciándose a pesar de todo 
i viniera lo que viniera. 

La sensación de un ridículo inminente le volvió a la 
realidad, i convencido de que no tenía fuerzas para mi* 
rarla, de que toda su enerjía estaba agolada ya, salió 
bruscamente, con los ojos cerrados, como fiera que em- 
biste. 

¿Qjié, dijeron al salir él aquellas jentes? ¿Malcriado? 
jPedaeo de imbéciles! . . Sobre todo, ¿qué le importaba 
a él de nada ya? 

Desde su chiribitil, temblando como enfermo, oyó al 
rato otra vez las voces en la escalera, ahuecadas por el 
eco, i el crujir mimoso de un vestido de seda que relam- 
pagueaba plata en su imajinacion. Bajaban. Todo se fue 
apagando con el descenso, i el retumbo sordo del carrua- 
je que arrancó rápido se perdió a lo jejos como rumor 
lúgubre. 

Se había ido para siempre. 



En la penumbra crepuscular de aquel gran dia de pri- 
mavera se puso Luis a relevar el negativo, ansioso de 
verla allí, esperando una sonrisa cruel de mujer ofendida, 
quiz4 un jesto de desden, tal vez una mirada de reproche. 

Concluyó tarde, cuando se incendiaban sangrientos los 
celajes del ocaso i cantaba solitaria su nota de luz tímida 
la primera estrella en el oriente empalidecido. 



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LLANTO EN LA LUZ 77 

Entonces, inmensamente solo ante e' crepúsculo calla- 
do i solemne, se sentó a síi pobre mesa de trabajo dis- 
puesto, a sostener el último coloquio de miradas con aquel 
retrato de mujer impreso con el último rayo de sol. 

Triste estaba todo en medio de la triste agonía del dia- 
Cantilo estaba seguro de no haber sentido nunca tristeza 
tan infinita, tan profunda, tan desesperada. 

Era cierta la caida. Ni una lágrima, ni un suspiro ha» 
bían denunciado el dolor de su novia en la entrevista final. 
Efectivamente él ya no era nada, absolutamente nada 
para su dulce Hma; uno de tantos. 

I apesar de todo, cien veces misero, la seguía adorando 
con más intensidad aún que antes, i se moria de dolor por 
ella. 

Mientras tanto aquel retrato ante el que se hubiera 
arrodillado era el que él debía preparar con cariño de 
obrero bien pagado para ser entregado al nuevo dueño, 
al marido feliz. . . . 

Fija ardiente mirada en el papel i sorprendido res- 
tregóse los ojos clavándola de nuevo con ansiosa insis- 
tencia. 

¡Qpél ¿Qué tenía aquel retrato en los ojos? ¿Qpé los 
velaba desvaneciendo sus líneas? No mentía la placa, no. 

¡Llantol 

Eso era; el llanto que se había desbordado mientras el 
la retrataba, perlando en la aurora de la mirada, i que la 
luz había llevado en sus etéreas alas de oro hasta la placa 
para fijarlo allí como un reproche eterno. Las últimas 
lágrimas de amor que habían corrido mientras él, cruel, 
rudo, brutal con ella, con su dulce Ema de siempre, la de 



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78 A. GIMÉNEZ PASTOR 

las noches tibias i perfumadas que recuerdan el idilio de 
Verona, la hería feroz con su desprecio de celoso irritado. 

I había sido éU él quien la había estrujado así mientras 
ella lloraba, buena i sumisa su amor perdido! 

Era horrible esta revelación de la luz, implacable i cruel 
como el remordimiento; pidió loco un poco de llanto pa- 
ra que no lo ahogara la angustia anudada en la garganta, 
i echándose de brazos sobre la mesa, sacudido todo por 
singultos de niño desconsolado, en la oscuridad de la no- 
che naciente, solo pudo decir con la incomparable elo- 
cuencia de los tristes: 

—¡Dios mió, Dios mió. Dios mió! 



* ' ■ t4)|^"^ 



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La tarde calurosa, una tarde infernal de enero, se deja- 
be caer pesada, oprimente, exhalando vahos cálidos de 
horno caldeado sobre la pequeña salita del colejio. 

Las moscas sofocadas revoloteaban zumbando li jera- 
mente en aquella atmósfera silenciosa e inmóvil que car- 
gaba sobre la clase como una plancha de plomo recalen- 
tada. 

Don Manuel, e maestro, la cabeza inclinada sobre el 
pecho, con los cabellos amarillentos i escasos ya secos i 
revueltos como estopa fina, dormitaba dejando escapar 
un sordo murmullo, balbuceo maquinal con que se había 
acostumbrado a disimular sus frecuentes letargos de bo- 
rracho soñoliento. 

Lo3 discípulos, once muchachos apenas, diseminados 
en los viejos pupitres negros llenos de cortaduras, señales 



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8o A. GIMÉNEZ PASTOR 

i letras labradas a fuerza de cortaplumas, h miraban son- 
riendo picarescamente, mui cuidadosos de no interrumpir 
el sneno del maestro, que les daba un descanso inespera- 
do en aquella hora terrible, !as dos de la tarde, tan calu- 
rosa i pesada. 

El que estaba en el pizarrón cuando sorprendiera el 
sueño a don Manuel, mi-aba a los demás riéndose con 
ganas, mientras éstos preparaban pelotillas de papel para 
hacerle blanco de sus tiros, algo más animados ya ant¿ 
la prolongación del asueto. 

De pronto Orts, el que se sentaba en el estrerao iz- 
quierdo, junto a la ventana cuyos postigos entornados 
sumían en suave penumbra la habitación, al estirarse para 
arrojar una pelotilla, hizo correr el banco que chirrió 
agriamente rozando el suelo. 

Todos echaron la cabeza sobre los libros abiertos, mi- 
rando por entre las pestañas « don Manuel, que despertó 
de pronto, gritándoles con voz ronca que se escapaba 
arrastrando las silbantes ¿ees entre los labios gruesos i 
blandos. 

— ¿Qiié es eso? ¿Se creían ustedes que yo dormía aca- 
so? Pues sepan que : unque esté con los ojos cerrados 
veo mui bien a los jesuítas que meten barullo. ¿Quién ha 
sido el jesuíta que movió el banco? 

Sólo se oía en la clase el xumbido de ¡as moscas que 
revoloteaban sofocadas, trazando círculos anchos i pesa- 
dos en el aire cálido. Don Manuel solía despertarse con 
¡una i entonces era más que nunca aficionado a los me- 
dios de fuerza para castigar las faltas: por eso ninguno se 
atrevió a contestar. 



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EL >A»Alk>>- 8l 



Ellos miraba fijametite, alborotados ios anchos bigo« 
tes color cobre, siempre contrayendo én Un sorber répé*- 
tido^ciñariz gruesa i blanduzra que parecía hinchada. 

— ¿QjLiién ha sido? (Prontol Ya sftben que no nie gilstah ^' 
jesUhisnios. ¿Usted? dijo adelaittindose hacía tin'mu^ 
chacho. 

— |No, nol, contentó- éste atemorizado, cruzáttdo los * 
brazos sobre la frente en ademán de defenía. Fué Orti?.' 

Entonces se dulcificó la mirada de don Manuel. • 

— jAhl ¿Orts? ^Cómo es eso? Usted también quiere' 
hacerse jesuíta ahora? 

El otro lo miraba algo 'avei^onzadi). 

— Qpc no vuelva k suceder. Porque ya va a haber 6r- 
ten aquí. Hasta hoi esto ha sido clase particular, pero 
de hoi en adelante será colejio, como antes. ¿Se acuerda, 
Orts? 

—Sí, señor, respondió Orts maqumalmenté, 5'a acos- 
iumbrado a esta pregunta. 

Orts era él ultimo resto de a()úella grandeza' piasada,' de 
dos'tiempos en qtie don Manuel reinafba en su colejio so- 
bre doscientos akrmnós i se sentaban ct)n él a la mesa 
ochenta pupilos i siete ayudantes.' 

Esa era la visión desplegada siempre ante doh Manuel; 
el gran colejio, la actividad febril i ordenada" 'de todas la^ 
innumeraWe^ clases de idiomas, müsica, estudios especia- 
les; aquel gran patio Heno de útiles costosos para ejercí-*^ 
«ios jimnástrcos; aquellos brillantes exánrenes, grandes 
dia» de ajitacion i triunfos que congregaban en su esta- 
blecimiento todo lo mejor de Montevideo, porque pocas 
eran las familias pudientes que no le hubieran confiado 
la educación de sus hijos. ... 



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82* A. GIKIltlKEZ PASTOK 



¡ Ah! iQjjé hernioso^ qué hcrrroso aquel [pasado que no 
se apartaba un instante de s» mente! 

Luego había venido el derrumbe, rudo,. brutal, coraple» 
to, imposible de contener, con^o una hemorrajia que se 
lleva la vida, protejida por la impotencia desesperada de 
los recursos humanos. 

Un dia golpeó a rn muchacho travieso. Fué demasiado 
rndo^ los padres le acusaron por la herida,, intervino \» 
justicia, fué a la cárcel, i todo aquel hepmoso edificio que 
su labor constante había krvantado se desmoronó sin dav 
tiempo a nada, inevitablemente, minado» por el descrédito,, 
desvaneciéndose como un bello sueño de diez anos. 

Entonces el doler trastornó a don Manuel^ se entreg6 
al vicio, buscando en el veneno del sicohol ese consuela 
del olvido que oscurece k intclijencia. 

Después, dominándose un poco, quiso volver a reediñ-^ 
car aquel ediücio desmoronado,, levantarlo nuevamente 
bien alto, i fundó otra vez su escueh. Pero ya no era lo 
mismo . £1 descrédito lo había enfriado todo con su cierzo^ 
i apenas unos cuantos niños acudieron a la llamada, todos 
desconocidos, nuevos, qve no le traían ningún recuerdo. 
Del antiguo gran colejio sólo Orts volvió i don Manuel^ 
loco de contento, creyendo ver de nuevo aquellos tiem- 
pos brillantes guardó para él todas las debilidades, teme- 
roso de que se fuera, de que lo dejara solo otra vei 

— Eh .... somos pocos pero nos entendemos, — decí» 
para disimular h> oculta herida que sangraba siempre,, 
aquel dolor que no cesaba, sintiéndose dominado pur la 
nostaljia del colejio grande,, lleno de niños como otrora 
lo fuera el suyo.— Somos pocos pero zea entendemos; asi 
es mejor para todos, repetía. 



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EL TASAITO 03 



Siu embargo, aquello no adelantaba. 

Don Manuel bebía s:em{>re, seguía bebiendo arrastrado 
f)or la costumbre fatal, por ese engranaje de vicio que 
«10 suelta su presa hasta haberla destrozado entre las mil 
ruedas de la relajación. 

I sus desvarios de ebrio rebelde al poder enervante del 
4icor eran siempre una mímifestacion latente de aquel 
4inhelo que lo consunTÍa, inestinguibie, estaliando en 
arranques vanos como las tentativas que en su ansia de 
volar haría, para lanzarse al espacio, una ave sin alas, 

—Bueno; decía de pronto, después de la pesada mo- 
"dorra que aveces le-dominaba a laiiora tle la siesta, des- 
Tpertando con los repentinos bríos del impotente que se 
rebela contra su suerte. Bueno; vayan ustedes diciendo 
qué carrera elijen, para tenerlo en cuenta. 

—A ver usted, Orts, ¿qué quiere serf 

--i-Médico, decía d otro sonriendo. 

^Mui bien. 

I apuntaba, concienzudamente, como quien ^e propone 
fiacer algo sin mirar obstáculos, fiado en el porvenir, ese 
padre de las ilusiones: ocOrts, médico». 

—¿I usted? decía a otro, 

— To. . . . abogado. 

—Muí bien. — «Arellano, abogado» murmuraba si- 
guiendo a la pluma, siempre contraída con aquel sorber 
repetido su nariz gruesa i blanduzca, 

—Otro. ¿Usted? 

—Médico. 

«-Médico, repetía él siempre inclinadt), apuntando con 
profunda atención. 



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$4 A^^Giy¿NEZ PASTOR 

Daba lástima mirarlo así, tan inocente, escribiendo muí 
serio aquellos signos que para él en esos momentos de 
aliento representaban verdaderamente el porven ir 4e sus 
alumnos; daba tristeza verle así, ofreciendo carreras^ tí- 
tulos a sus once muchachos, en aquella salita tan poi^tre, 
tan humilde, ocupada por unos cuantos pupitres viejos; 
aquella pieza de clases en que flotaba toda la tristeza de 
las grandes caídas, donde él veía aletear murmullos de. los 
. grandes salones llenos de ñiños, n^urmullos hijos de la 
actividad de cien espíritus jóvenes confiados ^ $u guarda. 

Pero don Manuel no queria pensar en eso, en sus ins- 
tantes de ino^nte.brío, i una vez cpniclqida la iista decía: 

—Bueno; ustedes verán si lo logran;, porque ahora 
vamos a hacer colejio. Ya esto na seri b[i4s- dase particu- 
lar: será colejio, con>o. antes. ¿Se acuerda, Orts? 

—Sí, señor. 

Érala eterna visión de grandeza que se desarrollaba 
ante su vista, evocada por el anhelo ardiente dé su alma. 

Como antes» cuando en su colejio se hacían bachille- 

, res; en su colejio, sí, porque la Universidad sólo les. d^ba 

el título; i hasta abogados; mMcJios que a^prji |en(an cha- 

pa a la puerta habían estudiado Derecho en su e(3tableci- 

miento. ¡Oh! .... 

Q^^daba triste, al acordarse de-es^o,. dotoinado-por el 
^aj^h^o yeheq(ie;Qte de volver ^aquellos dias, con la obse- 
sión de reconstruir aquel pj^^do de-prosperiidad, obsesión 
que le bullía en el alma como querieQ4a^e|iarse ayolar, 
espandirse, ser. 

.Hero el alcohol s^j^ía ^p^me^^.su- malucha » través 
del organismo quebrantado, su ascensión hacía el cerebro, 
corroyendo la médula con el veneno que hace olvidar. 



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EL PASADO 85 



Las modorras a la hora de la siesta eran más frecuen- 
tes; los desequilibrios de carácter más repetidos. . . . 

I el colejio no adelairtaba, no marcliaba a aquella cúspi- 
de de la ^andeza soñada. . . . 

No obstante, un dia entraron dos niños ttiás. Doiv Ma- 
^ Duel, radiante, decía a los otros: 

— ¿Lo ven? ahora ya es colejio, tolejio; se lo había 
.-rdicho a ustedes. 

Preguntó a los reden llegados qué querían ser más nde* 
lante, qué carrera los atraía, para agregarlos a la lista. 
. El menor dijo que quería ser cochero. 

—Yo le haré a usted injeniero de ferro-carriles, dijo él 
: sonriendo bondadoiamente, como seguro de lograrlo, 
grande en su inocente convicción. 

Pero no tuvo tiempo; los niños contaron lo que ocu- 
rría: los aletargara lentos, las largas horas de somnolencia 
estúpida, aquel hedor de caña <]ue despedía el maestro, i 
fueron retirados. 

Don Manuel, que no dejó de comprender la causa de 
ello, tuvo un arranque de furor. iQjiél ¿Los sacaban? ¡Qué 
ríjidos los padres esos! ¡Mui ríjidos con los demasl Mien- 
tras tanto, cuando él preguntó ai mayor de los niucha- 
!chos^el dia que lomanduronconrecomendacion de larga 
penitencia por faltar al respeto a su padre, por qué había 
hecho aqueUOj respondió el niño: «Porque le quería pegar 
a mamál» Asi vivía aquella jente tan ríjida con 1 as cos- 
tumbres de los estrañosl ..« ¡Ah jesuítas, hipdcrltasl . .. 

Pero a él no le arredraba nada de esto, siempre persi- 
guiendo su sueño adhelado del colejio grande, del insti- 
tutaeaboga. Un dia compró en témate'- bancos largos, 



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S6 A. GIMÉNEZ PASTOR 

bien largos {que no cabían en su salíta de escuela pobre! 

—Ya lo ven,— dijo cuando se los trajeron. Ahora va- 
mos a establecer colegio. Ah{ esta& ya los bancos. Los 
que quieran aprender francés, o ingles, o jininasia, que lo 
digati; los apuntaré. Porque desde mañana principiaran 
clases de idiomas i de música, dibujo, etc., etc., como án* 
tes. ¿Se acuerda, Orts? 

jAhl Orts, era el último resto de su antiguo esplendor, 
el único documento que aún conservaba de aquel pasado 
feliz. 

Por eso, cuando en aquella tarde calurosa, a la salida 
de clase, Orts^ algo avergonzado, quizá sintiendo emoción 
al abandonarlo, le dijo que no volvería al colejio, que su 
padre lo retiraba ya, don Manuel quedó inn:<3vil, mirán- 
dole con sus ojos redondos i llenos de agua, como si lo 
que oía le hubiera privado del habla. 

— ¡Cómol— dijo por fin. ¡Usted sale del colejio! ¿Por 
qué? 

-—No sé. . . . P^P^ 1^6 elijo ^^^ ^^ dijese a usted que me 
sacaba .... 

—Está bien,— contestó. Yo hablaré con su papá. Deje 
no más. 

I siguió con la mirada, con una mirada larga, inmensa 
aquel áltimo resto, aqnel último recuerdo de ese gran 
colejio, de su época de brillo i poder, aquella última rea- 
lidad que alimentaba con su presencia ese ensueño eterno 
de su corazón, i que en unn tarde plácida i majestuosa de 
verano, de aquella estación que con sus vahos cálidos le 
hacía recordar más que nunca los exámenes brillantes de 
otro tiempo, trasponía por postrera vez el umbral de su 



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EL PASADO S? 



puerta arrastrando trds sí el ültin^.o girón de aquella vi- 
sión sienr.pre desplegada ante srs ojos ya ensombrecidos 
por el alcohol. 

Cuando entró, al sentarse en la mesa, dijo a su mujer, 
con voz tan llena de tristeza que daba lastima: 

— ¡Ortsno vuelve más! 

I aquellas palabras que la noche naciente sl\ descender 
sobre la mesa en que se enfriaba la comida recojió en su 
seno gris, eran su sentencia, 

Don Manuel escribió cien tarjetas al padre; inquirió, 
prometió, pero Orts estaba ya en el Seminario, en otro 
colejio, )i de jesuitasl 

Aquello era demasiado. Tuvo arrebatos de furor, tris- 
tezas mortales, desalientes agobiantes. En la clase faltaba 
algo, i esa falta producía un vacío inmenso en su alma. 
Instintivamente, cada vez que hablaba, ya por costumbre» 
de volver a establecer colefio, verdadero coUjio^ su mirada 
se dirijía al sitio abandonado por aquel ultimo testigo de 
su esplendor de antes, por aquel veterano de sus antiguas 
victorias, i morían en sus labios las palebras de siempre, 
el pedido de testimonio que anhelaba su alma sedienta 
de consuelo: «¿Se acuerda, Orts?» 

I el alcohol apresuraba su marcha a través de aquel 
orgíinismc ya infiltrado del veneno que hace olvidar. 

La clase iba de mal en peor, abandonada en largos ra- 
tos de letargo, de distracción, de tristeza, i las horas trans- 
currían soñolientas, pesadas, estériles para todos. 

Fueron retirándose más niños; ya sólo quedaban si?te 
en los viejos pupitres negros llenos de cortes, que las ho- 
ras de ocio habían multiplícalo. 



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88 A. GIM1ÍKE2 PASTOR 

I don Manuel, siempre que encentraba a un amigo en 
la calle» repetía aquello de*— «Me. be n:iidado: otra ve^ 
más abajo. . . A» 

Se mudaba cada dos meses, i caJa.vez misal sur^^ más 
abajo. 

Sí, más abajo, cada vez más abajo, perseguido flor la 
miseria que lo arrojaba hacia el mar; más abajo, hacia^el 
abismo^ como su ser moral que en rápido descenso iba 
empujado por la rclajtcion hacia el abismo también, llena . 
el alma de la tristeza negra del desesperado. 

Dominado rnás i ^^^ P^r el vicio» se hundía con ca co- 
lejioque miraba deshacerse sin abandonar aquella espe«> ^ 
ranza, aquella ilusión, aquel ensueño que el vino no había 
conseguido ahcgr.n 

—Hasta ahora esto ha sido clase pariicular. De hoi en ^^ 
adelante haremos col&jio, repet{a.siempre en sus momen<* 
tos de rebelión contra la pesada .desidia que lo aplastaba, 
centra el aniquilamiento que lo deshacía. 

Finalmente fué a parar al sur <le la dudad, cerca del 
mar, mds ahajo ^ con los últimos restos de su colejio; tres 
niñosr que aun le quedaban ñeles. ¡Ahí jQué amargura, 
verse así tan abandonado! Lo peor era que a los fondos de 
su nueva casa venían a dar los fondos de una escuela 
relijiosa para niSas, i el murmullo de las clases en activi- 
dad, Ins voces frescas i claras que estallaban esparciéndose 
en el aire a la hora del recreo le hacían mucho daño, tra- 
yéndole a la mente sus r. cuerdos de otro tiempo, su pa- 
sado, el gran colejio, lo perdido! 

I cuando al termhiar el recreo todas aquellas vocecitas 
se elevaban unidas en las aladas notas del hin.no a María, 



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EL PASADO ?9 



cantando cotí inocente unción el cántico de eterna cspe- 
Tan«a que dice: 

¡Oh María, madre mía, 
oh consuelo del mortal! 
Amparadme i gu'iadme 
a la patria celestial! 
entonces solía tener arranques de ira. 

—¡Los jesuítas, el jesuitismo, eso es lo que medra! 

A pesar de que la enfermedad, el aniquilamiento de la 
embriaguez lo habían destruido ya, no dejaba de asistir 
una sola vez a su clase. 

l*ero un día, un hermoso dia de sol, radiante, todo azul, 
encontró su clase sola, completamente sola; ni un niño 
va! 

Quedó mirando aquella pieza vacía, fría, muda, en que 
arrojaba el sol espléndido manchas de luz dorada para 
alumbrar el abandono completo, rudo, que había sufrido. 

¡Ni uno ya! 

Los pobres pupitres vacíos, la pieza vacía, su corazón 
vacío, todo, todo! 

Al verse así por primera vez, lloró mirando aquellos 
bancos que le habían acompañado tanto tiempo con sus 
discípulos, i que ahora yacían abandonados, pelados, 
crueles en su desnudez. 

I ante tal golpe, toda la historia de su vició, todo el 
proceso de su decadencia, toda la continuada acción del 
veneno del alcohol, todo se desplomó sobre él, i cayó 
sentado frente a la clase vacía, en su sitio de director, 
como guerrero indomable que quiere morir al pié de 1^ 
bandera, fiel a su lei i a su fe. 



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90 A. GIMÉNEZ PASTOR 

De aÜí le recoiieron ya perdido, mortificado por un 
delirio tenaz que le bullia en el cerebro herido pugnando 
por salir, por hallar palabras al encontrar sólo balbuceos. 

Así duró hasta las de ce. 

El himno a María que elevaban las voces tiernas de 
niñas piadosas hacia el espacio azul", hacía el sol espléndi- 
do en aquella dorada mañana, llegó hasta allí, i quizá has- 
ta él, desplegando otra vez ante sus ojos, que ya no veían 
el mundo, la visión hermosa del gran colejio lleno de 
alumnos, del murmullo de las clases numerosas, de los 
días de triunfo en los exámenes. 

Se incorporó un poco, con los grandes bigotes color 
de cobre alborotados, revueltos, ahogándola nariz hin- 
chada i blanduzca. 

— ¡Los niñosí — dijo en medio de su delirio. — «De hoi 
en adelante habrá colejio; sí, haremos como antes .... 
¿Se acuerda, Orts?» 

I como si sólo hubiera esperado oir por postrera vez 
aquel canto de la infancia, aque' himno de los niños, de 
los espíritus jó%'enes a los que había dedicado su vida, 
con las últimas notas que se espandían vibrantes en el 
ambiente tranquilo que doraba el sel, cayó pesadamente 
sobre la almohada sacudido por el último hipo de la 
agonía. 



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DEL PROTAGONISTA 



jCon qué inocente fruición, con qué tímido orgullo de 
padre joven abrió Juan Carlos Reina el primer ejemplar 
Je su libro! Casi ruborizado, como vírjen que lee el pri- 
mer billete amoroso, recorrió sonriendo levemente, lleno 
de injénua corsplacencia, las pequeñas pajinas, encantado 
con la nitidez déla carátula, aspirando la frescura de la 
impresión reciente como un perfume grato. 

Acababan de traerle la edición toda, nuevecita, húmedo 
todavía el papel, oprimidas las hojas como hojas de sen- 
sitiva medrosa, i el bueno de Juan Carlos gozaba allí en- 
tre sus libros el placer del autor novel que tiene en sus 
manos finalmente la primer obra hecha libro, el ensueño 
de tantas noches hecho realidad, exhalando ese conocido 
olor de la tinta fresca, tan simpático a los qus escriben. 

Fué aquello el mirar i remirar las cubiertas, les folios. 



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92 A. GIMÉNEZ PASTOR 



las letras una por una, el nombre, del autor, su nombré 
tan limpiamente estampado a la cabeza de la obra nueva, 
de su obra por fin impresa, concluyendo por desahogar 
su alegría con un furioso restregón de manos que, a no 
ser manos jóvenes, se incendiaran con este frotamiento 
repentino, provocado por un espasmo de contento ner- 
vioso. 

Aquel libro había sido la obsesión, la idea ñja, única de 
Juan Carlos durante seis meses. Ver su novela en libro 
era ya para él una necesidad absolutamente imperiosa 
desde que la diera por terminada. 

Había puesto en su creación todo el amor del artista 
novicio, entregado a ella por entero, viendo en todo mo- 
mento vagar sobre las cuartillas esa nube multicolor de 
bellas ilusiones que ve siempre elinjenuo optimismo ju- 
venil de los poetas nuevos. Había esperimentado todas 
las febriles impaciencias tan conocidas, sonando con ver- 
la reproducida en letras de molde, pronta para ser leída 
por tocjos, muchas veces desalentado hasta la desespera- 
ción al no poder lograrlo tan pronto como lo deseara; i 
ahora, viéndola por fin impresa, hecha libro, reverdecían 
sonrientes las esperanzas, llameaba alegre el entusiasmo 
en su alma joven, como al concluir calenturiento i ajitado 
un buen capitulo vislumbnndo triunfos i aplausos; i nue- 
vamente veía evocarse las bellezas de su obra, las muchas 
bellezas que nacieran en esas pajinas al calor de su deseo, 
porque allá en su íuero interno encontraba hermosísima 
la novela. 

¿Qjié dirían de ella? La verdad es que tenía partes lin- 
das. Aquella escena— la que evocaba fijando la mirada en 



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LA MUERTE DEL PROTAGONISiA 93 

el espacio i haciendo con la mano un movimient > como 
de quien modela algo en el vacio, — aquella escena iba a 
dar golpe, ¡qué caranibal ¡Ya lo creo que iba a dar golpe/ 
. I sonreía alegrado por el l>iien sol de abril que cantaba 
su nota dorada en el patio, mientras hacía el canario ara- 
bescos de música con sus g Tjeos. 

Feliz como el pájaro i alegre como el sol, silbando un 
motivo monótono cien veces repetido, empezó por fin a 
acomodar la reducida edición en su cuarto, con mucho 
cuidado, deteniéndose de cuando en cuando, olvidado de 
Ja tarea prra examinar, mui escrupuloso, algún ejemplar 
al acaso, grandemente contrariado al hallarse con una 
letra carga la o un guión corrido. 

— Bueno; éste para mamá, — dijo por fin coil sa^.isfac- 
cion, separando un ejemplar flamante. 

Había concluido la tarea, i sentado en la vieja mecedora 
en medio del patio, fumaba mirando al cielo, beatífica- 
mente abstraído, gozando el íntimo placer del que espera 
a alguien para darle una buena nueva» Luego la imajina- 
cion se le fué lejos, a vagar en los espacios con los trinos 
del pájaro que seguía cantando er> su jaula, i así estuvo 
largo rato, sosteniendo apenas la mano el ejemplar desti- 
nado a su madre, la primicia de ternura para Jos ojos que 
con más cariño habían de leerla. 

EJ buen Juan Carlos despertó de su abstracción por fin, 
cuando aquélla llegó a lo alto de la escalera, sofocada por 
la fatiga, los ojos un tanto azorados i el paso un tanto 
difícil. Todos estos signos volvieron a la realidad al joven, 
nublándole la frente con brusca transición. 

— ¿I, qué tal? ¿Qué dice el médico? le preguntó. 



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94 A. GIMÉNEZ Pastor 

—Me examinó el pecho— contestó la señora aspirando 
siempre mucho aire.— Me preguntó muchísimo. . . 

-¿I? 

—1 aquí traigo la receta— agregó dejando la gorra so- 
bre una silla i alargándole el papel. 

—¿Pero qué dice que es? 

Ella entonces, con toda la inocencia del que no sabe, 
pronunció una pnlabra, una de esas antipáticas palabras 
del tecnicismo médico, cualquiera, como todas clave de 
dolor i sufrimiento i muerte en últutio resultado, 

Gyóla Juan Carlos, i le pareció que sobre él caía de 
pronto un manto de hielo, de frío que le penetraba den- 
tro, allá donde iba sintiendo la sensación de vn algo que 
se derrumbaba dejándole vacío e insensible. 

— ¡Ah!— dijo maquinalmente, llevando atrás la mano 
en que tenía el Ubro.— Está bueno . . . está bueno ... 

I quedó inmóvil, como paralizado, mientras su madre, 
con toda la despreocupación de los niños engajados, en- 
traba a las piezas llamando al perrito. 

Pero después de aquel hielo i aquel vacío, se le preci- 
pitó en la mente como un tropel de ideas encarnizadas 
unas con otras, entreverándose inquietas como una red 
de relámpagos allá en su pobre cabeza aturdida, sin lugar 
para todas: ¡tantas eranl 

La palabra pronunciada por su madre era una verdade- 
ra sentencia de muerte. 

El primer pensamiento claro que surjió de aquel re- 
lampagueo confuso que se quebraba i entrecruzaba en la 
mente de Juan Carlos, fué puramente para ella. La certi- 
dumbre del horrible desenlace de la enfermedad que ha- 



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LA MUERTE DEL PROTAGONISTA 95 

bía nombrado le llenó el alma de helada congoja, i la an- 
gustia del llanto, el último recurso de la impotencia, le 
apretó la garganta pecándole brutal sobre el peclro ansioso 
de desahogo, de aire, de lágrimas, de gritos. 

Pero luego la eterna, la inmortal lucecilla blanca de la 
esperanza fué buscando, obstinada i persistente, inters- 
ticio por donde penetrar la lobreguez, i volvió a la carga, 
tenaz como es, destellando un rayito débil i tímido que 
luego fué espandiéndose, abriéndose como una aurora 
suave, hasta estender por todo su claridad pálida i dulce. 
Al fin, aquel horrible desccnlace era lejano, remoto 
quiza; el organismo— sabíalo Juan Carlos por triste ca- 
sualidad — concentra todos sus medios de defensa en h 
lucha con esas enfermedades que roen el corazón, í la 
lucha puede prolongarse tanto, tántol ... Sí, aquello no 
era inminente; la idea de sedantes benéficos, de un sabio 
tratamiento calmante, le presentaba perspectivas de es- 
peranza tranquila; i así razonando, volvió la calma poco 
a poco ai conturbado espíritu del joven. - 

Entonces un gran desaliento lo invadió todo, ener- 
vante, sin reacción posible. 

Aquella enfermedad a que acababa de ser condenada 
su pobre madre, aquella enfermedad era la que mataba al 
personaje de su novela; una muerte atroz, descrita en esa 
escena que él evocara poco ánt.s modelándola ccn el pen- 
samiento- en el vacío; aquella enfermedad era la que él 
había estudiado con tanto cuidado, casi con r.iror paia 
mostrarla palpable en su obra. 

¿Iba, pues, a presentar a su madre el espectáculadifcla 



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96 A GIMÉNEZ PASTOR 

hcrrible muerte a que estaba condenada, haciéndole pre» 
libar todos los dolores, bs angustias todas, los sudores, 
los hipos de su agonía, de su ultima hora en el mundo? 

Al recordar su novela, aquella ansiada novela en que 
no pedía pensar ya sin seiitir un malestar mortificante, i 
que allá esti.ba cuidadosa, amorosamente apilada en su 
cuarto, vírjen todavía, desconocida, veja Juan Cariosa su 
madre tal como concibiera en el ultimo capítulo a su 
protagonista moribundo: la cara abotagada i pálida, la 
frente sudorosa, los labios violados, manchado de azul 
el rostro, hcrrible bajo las cobijas con el edema de las 
piernas, deformas hasta parecer montón de carne lívida.... 

La necesidad de que aquel libro permanecerá inédito, 
desconocido de todos para siempre, se impuso con el úl- 
timo estremecimiento de escalofrío nervioso provocado 
por la visión de la agonía. Pero entonces el egoísmo de 
artista, el más poderoso de todos los egoísmos, comenzó 
a trabajar el espíritu del joven aut-^r. ¿Cómo destruir 
aquello que constituía su contento, su dicha del presente; 
cómo borrar esas escenrs que él veía tan bellas, tan bellas 
en su imajinácion, i ver desvanecerse todo el trabajo, 
todas las fatigas de la ejecución, como un siTcño fugaz*? 
¿Qué mano bastante insensible podía romper aquellas 
pajinas que encerraban tantas confidencias de noble va- 
nidad, i arrojnr al viento todas las ilusiones, las espe- 
ranzas, las ambiciones en ellas depositadas, precisamente 
en el momsnto en que creía realizarlas con una aurora de 
contento en el alma? 

No, no era posible; no era posible! . . . 

1 €sta resolución pugnaba tenaz por prevalecer, a«nada 



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LA MUERTE DEL PROTAGONISTA 97 



con la poderosa seducción de lo que nos halaga. Pero 
tras el cuadro de triunfo i gloria que ella descubriem, 
aparecia entonces una escena de horror nr.ui conocida: 
su pobre madre, presa de las ultimas alucinaciones, des- 
greñada, palpitando entero el cuerpo hinchado, i pronun- 
ciando con los labios azules, en medio de la tempestad 
del delirio, aquella palabrr déla jerga médica veinte veces 
repetida en su libro i cuyo significado él, Juan Carlos, su 
hijo, le habria enseñado, revelándole en vida los detalles 
dch horrible agonfa, sacrificando a su vanidad aquélla 
ignorancia feliz, absoluta, para la cual nada significaba esj 
vocablo del diagnóstico que encerraba mía sentencia! 

Durante tres horas, de esas que los grandes sufrimientos 
hacen eternas e inolvidables, todas las cobardías que bus- 
can complicidad en las flaquezas de la conciencia lucharon 
en el alma de Reina, combíitiéndolo sin compasión. . Pe- 
dia enviar todos sus libros a Buenos Aires, sin dejar uño 
solo que pudiera llegar a manos de su madre. . . Arrancar 
del ejemplar a ella destinado aquel ühimo capítulo 
fatal. . . 

Nó; la concienria decia siempre nó; el menor descui- 
do, la casualidad conspirarían contra el secreto, i una 
vez descubierto, ¿quién había de perdonarle aqqella ho- 
rrible crueldad de su orgullo que no tendría ya re- 
medio? 

Pensó por último lo que hubiera hecho, lo que hu- 
biera sacrificado su pobre madre por evitarle a él aquel 
dolor, aquel perpetuo terror de la agonía que él quería, 
cobarde, imponerle; i sintiendo en el alma todo el pc- 



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98 A. GIMÉNEZ PASTOR 



SO ne^rj de las grandes desesperaciones» se resignó a 
s\] *deber, agobiado, rendido para siempre. 

Allá en la azotea fué a formar un gran montón de 
papeles aquella edición vírjen de su obra querida, des- 
prendidas i revueltas !as frescas pajinas, apilados en 
desorden los pocos ejemplares enteros. Entonces, len- 
tamente, Juan Carlos encendió tranquilo un fósforo i 
lo acercó. 

El sol acababa de ocultarse, i sobre las azoteas va- 
gaba teda ¡a tristeza de la tarde muriente, llena de 
susurros vagos i penumbras de misterio. 

En medio de esta calma santa el joven miraba cómo cs- 
lendido el fuego cubrió ci montón de papeles desatándose 
luego en un loco lengüeteo de pequeñas llamas que pare* 
Cian gritar al cielo la alegría del incendio triunfante. Las 
hojas blancas se retorcían, mordidas por li llamarada, co- 
mo cuerpos que sufren, i todo crujia con un leve crujido 
de hojas secas, mientras allá lejos perdíase el humo en las 
brumas, como ilusiones que para siempre se desvanecen. 

I quizá Juan Carlos pensaba que era esto cierto, muí , 
cierto viéndolo desaparecer en las lejanías mientras su 
obra era ya toda una gran llamarada sacudida por el \íento 
naciente, como rebelde cabellera de fuego que hacía bai - 
Ursombras locas en las paredes. 

Los ejemplares que quedaran enteros tardaron más en 
quemarse; pero acosados por mil llamitas inquietas quelos 
Hn^üeteabao sio cesar, asaltados por todas p^escomo 
por Vfin leji^ de viborilla^ encarnizadas^ concluían por 
red9$lrs«.a^caiib9a,coQsefyaii4ojen sus páiiaas negras pa.» 
labras incandescentes, frases de fuego que Reina tal vez 



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LA MUERTE DEL ?ROTAGO>{lSTA 99 



creía tener así escritas en l.i mente, quemándole el ce- 
rebro. 

Finalmente fué estiuguiéndose el calor; las últiinas 
chispas brillaban entre los, tizones, i el humo se llevaba 
las ultimas ilusiones. Entonces una ráfaga de viento lo sa- 
cudió envolviendo con ¿1 a Juan Carlos coino en un abra - 
zo frenético i rápido, i luego el agua convirtió la novela, 
i las esperanzas, i las ilusiones, i la alegría en un montón 
de cieno negro tirado allá en la azotea, mientras la noche 
deseen iía tranquüa sobre la ciudad, bendecida su primera 
hora por la luz lejana i pálida de las primeras estrellitas. 

Consumado todo, bajó en silencio Juan Carlos Reina i 
entró al comedor. 

Allí, aunque él evitaba la mirada de su madre, una mira- 
da de estrañeza inocente i tranquila, ella viéndolo a pie- 
na luz le dijo dudosa: 

—Pero ¡cómo! ¿Has estado llorando? 

—No, iquél— contestó el pobre joven— ¡qué llorando? 
Es el humo; he estado quemando papeles 

I era, en efecto, el humo de aquella hoguera alimenta- 
da con sus pobres libros nuevecitos, era toda su obra con- 
vertida en humo leve, lo que Je había hecho llorarlos 
ojos 5 le apretaba la garganta como si se estuviera ahó- 
gando. 






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